Entre todas las preguntas existenciales que todos nos hacemos a lo largo de la vida hay una que se repite, una y otra vez, quizá porque no somos capaces de responderla por completo. Al igual que Giambattista Bodoni, el protagonista de “La misteriosa llama de la reina Loana” de Umberto Eco, quien busca su identidad después de sufrir un accidente cerebrovascular, jamás sabemos a ciencia cierta quienes somos y muchos de los elementos que nos definen como personas nos parecen ajenos .
Asumimos desde niños que sabemos quiénes somos, pero por lo general nuestra convicción se reduce a conocer nuestro nombre, tener una nómina de cercanía, nombrar sin vacilación nuestro lugar de habitación y una lista más o menos larga de atributos accesorios que alguna vez incluiremos en el currículo y que al constar en los archivos públicos hacen que el mundo nos reconozca como personas naturales. Pero, en el fondo, mantenemos la duda de si todas estas cosas son verdaderamente nuestras.

Atravesamos la infancia con la intención de alcanzar el estándar de lo que nuestros padres consideran que es un niño bueno y al hacerlo adoptamos principios, valores y maneras de hacer las cosas que, poco a poco, moldean la primera imagen que proyectamos al mundo exterior. Esa noción temprana de identidad es pues, en gran medida, una construcción impuesta que aceptamos, sin cuestionarla, con la seguridad que nos brinda transitar por un camino que los progenitores creen que es apropiado, a pesar de que haya sido tan ajena a nuestra voluntad como la escogencia del nombre propio, la lengua materna y las creencias religiosas.
Una vez convertidos en esa especie de proyección del imaginario familiar, somos recibidos por el sistema escolar que nos haya tocado en suerte. Este es el encargado de pulir las asperezas de ese constructo doméstico que somos y de añadirle un barniz de información, normas de comportamiento social, inhibiciones y prejuicios necesarios para poder ser aceptados por el sistema socioeconómico del cual forma parte o que, por lo menos, nos permite camuflarnos en él.
Poco a poco incorporamos al personaje en ciernes elementos provenientes de un mundo circundante cada vez mayor. Además de lo que nos inocularon en casa, las rutinas escolares, la interacción con otras personas, las experiencias vividas, las mañas de una profesión u oficio y el bombardeo al que nos someten los medios dejan su huella sin que seamos del todo conscientes de las distintas capas de identidad que se superponen, diluyen o entremezclan con el correr del tiempo. Contrario a lo que sugiere el concepto de identidad, quien se acuesta cada noche en tu cama no es el mismo ser que se levantó de ella en la mañana y de lo que fuimos en otras etapas de nuestras vidas solamente conservamos aquellos retazos que nos hacen reconocibles para aquellos con quienes compartimos el ilusorio espacio de lo cotidiano.
“No estoy seguro de que yo exista, en realidad. Soy todos los autores que he leído, toda la gente que he conocido, todas las mujeres que he amado. Todas las ciudades que he visitado, todos mis antepasados…».”
Jorge Luis Borges
Mientras tanto, a lo largo de todas estas transmutaciones, desde algún rincón del cerebro un inquilino nos habla sin parar durante las horas de vigilia y juega a construir distintos modelos de realidad mientras dormimos. Seguro de su invisibilidad, se atreve en ocasiones a poner en duda las orientaciones que recibimos de otros y es en realidad quien toma decisiones respecto de cada una de las acciones que llevamos a cabo. Es él con quien nuestros padres tienen que luchar desde el comienzo, ese sujeto al que pretende dominar la educación y aquel que nos hace vacilar ante cualquier disyuntiva que enfrentamos.

Gracias a su rebelde obstinación, este fiel interlocutor invisible es en realidad quien tiene el mérito de cualquier asomo de originalidad que consigamos a lo largo de nuestras vidas. Sus decisiones respecto a los gustos que adquirimos son decisivas, pues de la selección que él haga entre las opciones que nos presenta la continua exploración del entorno depende en buena medida el bagaje cultural con el cual transitamos la existencia. Especialmente porque parte de esa selección consiste en el proceso de renunciar conscientemente a buena parte de los aprendizajes hechos en otros tiempos y circunstancias para adaptarnos a un mundo en permanente cambio.
El sedimento que resulta del enfrentamiento incesante de esas dos fuerzas opuestas del adoctrinamiento que nos viene de afuera y la capacidad de resistencia de nuestro inquilino, debería ser entonces la verdadera identidad que nos define en cualquier momento dado y nos es tan inasible. Aunque en muchos de los rasgos por los cuales nos identifican los demás sea posible reconocer el libreto que recibimos como legado, el personaje que sale a escena cada día tiene el sello indeleble del interlocutor invisible que nos habita.
Todos cargamos con maneras de ser y de estar en el mundo que corresponden a los estereotipos sociales, culturales o profesionales que hemos adoptado, pero la forma como cada quien haya acomodado su naturaleza a ellos es esa contingencia singular que nos define. Según Amélie Rorty en la intencionalidad que damos a las acciones de acuerdo con nuestra capacidad de elección se dan las condiciones para las crisis de identidad, para preguntarse quién es uno realmente, más allá de la multiplicidad de sus acciones y roles. Y la exploración de esa esencia no es mera curiosidad; es la búsqueda de los principios que guían nuestras decisiones.
