En 1964, Erich Fromm1 acuñó el término biofilia para definir la pasión por la vida en todas sus manifestaciones. Según este autor, se trata de un estado mental, propio de todos los seres humanos, que nos impulsa a preservar la vida y que, además, nos lleva a establecer una especie de comunión con otras personas y con el resto de la naturaleza.
Dos décadas después, Edward Wilson elaboró una interpretación del concepto con base en el análisis del valor adaptativo que debió tener para los seres humanos, a lo largo de su trayectoria evolutiva, la tendencia innata a enfocar su atención en distintas formas de vida e incluso a desarrollar con algunas de ellas vínculos emocionales. De acuerdo con su hipótesis, tales vínculos no solamente surgen a partir de la fascinación por los atributos propios de otros seres, sino también de la capacidad humana para experimentar empatía con ellos y para responder a las circunstancias que los afectan.

Pero, a juzgar por las formas como las sociedades contemporáneas se relacionan con los demás seres vivos en la actualidad, esa potencialidad primaria intrínseca de la biología humana para desarrollar vínculos estrechos con la naturaleza planteada por Fromm no parece estar manifestándose. A pesar de las constantes alarmas acerca de la crisis climática y de la certeza de estar presenciando el comienzo de la sexta extinción en masa, el grueso de la humanidad no da mayores muestras de empatía con las innumerables especies silvestres que están al borde del abismo.
Tal indolencia solo es explicable por la concentración cada vez mayor de la población humana en las ciudades. Se calcula que para mediados de este siglo 64% de los habitantes del mundo en desarrollo y 86% de aquellos en los países desarrollados serán urbanos y que para entonces 80% de la población mundial vivirá en los centros urbanos de Latinoamérica, Asia y África. Esto significa que, aunque las ciudades albergan muchas más especies “silvestres” de las que nos imaginamos, la mayoría de las personas permanecen ajenas a la existencia de la biodiversidad y a los problemas que la afectan.
No obstante, dado el carácter innato y ontogenético de la biofilia, aún es plausible recuperar los antiguos vínculos que alguna vez tuvimos con otros seres. Diversos autores consideran que la impronta de lo silvestre aún palpita en lo más profundo de nuestra psiquis y por lo tanto la afiliación con el mundo natural puede recuperarse siempre y cuando las condiciones ambientales y sociales fomenten su desarrollo. Si bien la educación es fundamental en la formación del carácter de las personas, solamente facilitará el desarrollo de un comportamiento biofílico en la medida en que favorezca capacidades efectivas de interacción con el ambiente.
En este sentido, la labor llevada a cabo por el naturalista británico David Attenborough durante más de setenta años ha sido instrumental por mostrarle al mundo entero, de manera incomparable, la riqueza de la vida en nuestro planeta. Además de hacerlo con una rigurosidad y una atención a los detalles absolutamente extraordinarias, ha conseguido transmitir incansablemente su fascinación y respeto por todas las formas de vida en todos los ecosistemas de la Tierra.

En cada uno de sus innumerables documentales ha sido evidente la solidez de su vínculo afectivo con las más diversas criaturas. Su emoción al narrar aquella escena inolvidable en Ruanda cuando un bebé gorila intentó desamarrar los cordones de sus botas es tan auténtica como la que demostró al describir los gusanos luminosos en una caverna de Nueva Zelandia o al contemplar la fauna abisal a través de la escotilla de un pequeño submarino a trescientos metros de profundidad en Australia.
Podría afirmarse entonces que, además del indudable carisma de este gran naturalista, su afiliación con la naturaleza y su capacidad para experimentar empatía con otros seres vivos han sido los elementos que han despertado y reforzado los impulsos biofílicos en varias generaciones de televidentes alrededor del mundo. Y como si esto no fuera suficiente mérito, al haber hecho de su incomparable voz el vehículo con el cual su público conoce la verdadera dimensión de la encrucijada que enfrenta la naturaleza, Attenborough ha trascendido su capacidad de narrar el asombro para convertirse en uno de los más poderosos voceros del ambientalismo global.
Al contemplar el recorrido de esta vida excepcional al llegar a los cien años, podría interpretarse la obra del gran naturalista como la materialización de la extensión hecha por Ryan Gunderson al concepto original de Erich Fromm. Además de manifestar una preocupación activa por la conservación y la prosperidad de la naturaleza, Attenborough nos invita en sus narraciones a responder y satisfacer las necesidades de esta, a respetar su autonomía e independencia con respecto a nuestros intereses y a aprender de ella sin pretender dominarla. Solo cabe esperar que la humanidad sea capaz de alcanzar la medida de su esperanza.
“…el mundo vivo es el dominio natural de la parte más inquieta y paradójica del espíritu humano. Nuestro asombro crece exponencialmente: a mayor conocimiento, mayor misterio, y más buscamos conocimiento para crear nuevos misterios. Esta reacción catalítica, aparentemente un rasgo humano innato, nos impulsa constantemente hacia adelante en la búsqueda de nuevos lugares y nuevas formas de vida. La naturaleza debe ser dominada, pero (esperamos) nunca por completo. Arde una pasión silenciosa, no por el control total, sino por la sensación de avance constante.”
Edward O. Wilson (1984:10)2