
Hay ocasiones en las que la ignorancia, al combinarse con la necesidad de dar solución a problemas inusuales, nos trae de regalo historias sorprendentes. En medio de “esta segunda inocencia que da el no creer en nada” como decía el poeta Antonio Machado, voy por la vida con la atención puesta en toda clase de seres, penosamente consciente de lo poco que conozco de su asombrosa diversidad, de sus múltiples maneras de enfrentar la existencia. Con frecuencia el encuentro con muchos de ellos, además de plantearme nuevas preguntas, transforma mi experiencia de lo cotidiano.
Hace unos meses, después de pasar una noche intranquila gracias al calor sofocante y al estruendo distante de una fiesta, desperté mucho antes de la hora acostumbrada. En medio del duermevela percibí unos chillidos que parecían provenir del techo de la alcoba y la preocupación por una posible invasión de roedores en el cielorraso espantó el poco sueño que aún me quedaba.
Decidí entonces levantarme y alumbrar con la linterna hacia el alero por la ventana que tenemos junto a la cama y descubrí dos grandes murciélagos que colgaban junto al extremo más alto de las vigas. Con mi limitado conocimiento de la taxonomía de los quirópteros pensé inicialmente que, por su tamaño, deberían ser fruteros del género Artibeus, pero como no tenían ningún tipo de listas en sus cabezas, deseché esa posibilidad. Me fui entonces a la cocina a preparar el primer café de la mañana confiado en que la luz del amanecer me permitiría examinarlos en detalle con los binoculares, pero al regresar a la alcoba habían desaparecido.
Durante varias semanas escuchamos muy de vez en cuando las vocalizaciones de los misteriosos visitantes que llegaban por lo general después de las ocho de la noche y desaparecían al apuntar el alba. Su permanencia en el alero de la alcoba aún no se había hecho incómoda para nosotros y mis repetidas observaciones nocturnas apenas confirmaban mi certeza de que pertenecían a la familia Phyllostomidae pues sus hojas nasales eran claramente visibles.
Con tan pocos datos, una revisión de la escasa bibliografía sobre murciélagos colombianos en nuestra biblioteca me hizo considerar la posibilidad de que se tratase de ejemplares de Vampyrum spectrum, el mayor de los murciélagos neotropicales. Sin embargo, la sociabilidad de nuestros visitantes – a veces llegué a contar hasta siete ejemplares amontonados en su rincón del alero – me hizo descartar tal hipótesis. Según la literatura, aquella especie suele descansar en cavidades naturales y por lo general lo hace de manera individual, en pareja, o con sus crías.
Nuestra relación con estos animales se transformó paulatinamente desde la tolerancia ignorante que teníamos al principio, hasta una desesperación no mucho más informada. Sus visitas se volvieron cotidianas, mientras su parloteo cada vez más intenso se mezclaba poco a poco con el ruido que producían al rascar el techo con sus largas uñas, a un volumen suficiente para espantar el sueño frágil de las altas horas de la noche. Para colmo, la pared contra la cual se recuesta el alero que les servía de refugio empezó a mancharse con sus desechos después de varios meses de continuas visitas.
Fue entonces cuando empezó la secuencia de fracasados intentos por deshacernos de Batman y sus amigos, como dimos en llamarlos en ausencia de una determinación taxonómica precisa. Después de consultar a don Adolfo Reinosa, vademécum campesino de la vereda, colgamos de la viga junto a la cual tenían lugar las tertulias nocturnas un manojo de hojas de anamú (Petiveria alliacea), previamente machacadas, de forma tal que los efluvios sulfurosos de su jugo disuadieran a los bichos de su insistencia en acompañar nuestros desvelos.
Ante el rotundo fracaso de este ensayo, opté por combatir la terquedad de los murciélagos con la propia. Pasé varias noches sucesivas fumigándolos con una olorosa mezcla desinfectante, en la esperanza de incomodarlos hasta el punto de obligarlos a abandonar el teatro de sus tertulias nocturnas. Sin embargo, aparte de reforzar nuestro insomnio con las sucesivas aspersiones, tampoco conseguí espantarlos. No tuvimos entonces más remedio que cerrar la ventana a pesar del calor y taparnos los oídos con motas de algodón en un intento vano de mitigar el alboroto.

Mientras tanto, trataba de pensar como un murciélago empeñado en imaginar qué podría ser verdaderamente insoportable para ellos. En alguno de tantos desvelos concebí la idea de forrar el cielorraso del alero maldito con láminas de acetato transparente, en la presunción de que la ausencia de rugosidad les haría imposible colgarse. Expectantes nos fuimos a la cama y todo pareció ir muy bien hasta cerca de la media noche, cuando el primer Batman consiguió enganchar sus uñas. Fue solo cuestión de tiempo mientras sus compañeros aprendieron el truco, con el agravante de que sus intentos fallidos fueron aún más ruidosos de lo acostumbrado por cuenta de lo resbaloso de ese material plástico.
¿Qué tal entonces si combatíamos su ruido con el nuestro? Conseguimos uno de esos móviles compuestos de tubos metálicos que suenan al entrechocarse cuando son movidos por el viento y lo colgamos justo en medio del rincón favorito de los inquilinos. Pero, por lo visto, la incorporación de ese instrumento fue muy bienvenida por ellos pues de inmediato añadieron su sonido musical a la algazara antes de usar el móvil mismo como nueva percha.
Desesperado ante este nuevo fracaso, preparé una larga pértiga con el dispositivo de cosechar frutas adosado al extremo. La noche siguiente esperé a que se colgaran los primeros murciélagos y, desde la ventana, intenté capturar alguno con la canastilla. Como era de esperar, no lo logré, pero si alcancé a golpear un animal que cayó, aturdido, al piso. Corrí a buscarlo y tuve apenas tiempo de hacerle una foto antes de que se recuperara lo suficiente para emprender el vuelo.
Gracias a esa fotografía y a la comprobación de la enormidad del bicho – al abrir sus alas calculé su envergadura en por lo menos 40 cm – conseguí por fin revelar la identidad de “Batman;” se trataba de Phyllostomus hastatus, conocido también como el gran murciélago de nariz de lanza, ¡el segundo quiróptero más grande de la región Neotropical!

Como sucede cada vez que consigo nombrar algún ser vivo que encuentro por primera vez, frente a mí se abre una ventana hacia el asombro. Durante unas cuantas noches repasé en medio del insomnio provocado por los nariz-de-lanza cada uno de los sorprendentes detalles de su historia natural, escarbados en el ciberespacio con la emoción de poder satisfacer la curiosidad acumulada a lo largo de varios meses.
Entendimos entonces el porqué de su extraño horario de visita. Nuestro grupo era un conjunto de hembras que tenían en el alero una percha de forrajeo a la cual llegaban al iniciar su jornada de alimentación para abandonarla poco antes del amanecer cuando se dirigían a su guarida diurna. El alborozado cuchicheo de estas hembras, según la literatura, les permite reconocerse como parte de su grupo y quizá compartir información sobre las fuentes de alimento.
Como dato curioso, por pura chiripa, el individuo que derribé con mi pértiga era un macho adulto, probablemente el único de su sexo en esa congregación. Al parecer cada macho defiende celosamente su harem de los avances de sus rivales y para hacerlo emplean tanto sus vocalizaciones como amenazas batiendo las alas. A lo mejor parte del golpeteo que acompañaba los chillidos bajo el alero obedecía a los esfuerzos de este animal por mantener su estatus dominante.
Surgieron entonces nuevos interrogantes durante el conticinio roto por la francachela de los nariz-de-lanza. ¿Dónde tendrán su dormitorio diurno? ¿Qué estarán comiendo en nuestro jardín ahora que no hay frutas? ¿su presencia será estacional o permanente? Y por supuesto, como un mantra, a ellos se sumaba la pregunta original: ¿Cómo hacer para librarnos de Batman y sus admiradoras? Por interesantes que se hubieran vuelto estos animales, la paz de nuestras noches rurales parecía haber desaparecido para siempre.
Mas no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista según reza el viejo adagio. Al pensar en el desconocido lugar en donde los bichos tendrían su colonia secreta, me imaginé toda clase de oscuras cavidades y, como un relámpago, el salvador eureka se encendió en mi mente. La mañana siguiente improvisé una instalación eléctrica rematada en un bombillo de 100 W, el cual colgué en el mismo punto en donde estuvieron primero el ramo de anamú y después el sonajero. Impacientes, esperamos la noche… Nunca supimos si los bichos intentaron siquiera colgarse del alero a partir del momento en el que conectamos el nuevo invento. Ahora el nuevo reto es acostumbrarnos otra vez al silencio apenas puntuado por el estridular de los grillos o por el canto del bujío.
