Entre las distintas vías sensoriales de las que dispongo, el olfato es tal vez la menos perceptiva. Deficiencia que me parece irónica pues, desde el comienzo de la adolescencia, mi apéndice nasal alcanzó dimensiones sobresalientes sin que por ello haya servido para mucho más que sostener las gafas. A pesar de mi constante interés por descubrir los detalles del mundo circundante, las emanaciones químicas, tanto de seres vivos como de objetos inanimados, por lo general eluden esa forma de escrutinio a menos que alcancen niveles superlativos de fetidez o aroma.

Siempre creí que esa anosmia incipiente había comenzado por la época en la que mi nariz empezó su desarrollo alométrico ya que tengo recuerdos olfativos bastante vívidos de los años que la precedieron. El olor a humo vegetal me produce hoy la misma aprensión que sentí en aquellos veranos de mi infancia en los que la familia entera participaba en la angustiosa tarea de apagar los incendios de los potreros que consumían el forraje de las vacas. El perfume vespertino de las camias me transporta automáticamente a las calles del Cartago que habité cuando era niño y, al tratar de revivir en la memoria la pesebrera de la finca paterna en la que crecí, en lugar de imágenes vienen a mi mente los efluvios de la caña picada en las canoas o los del sudor agrio de las bestias que empapaba el cuero de las gualdrapas.
Para mi sorpresa, descubrí hace poco tiempo que esa predominancia de viejos recuerdos asociados con registros olfativos es la manifestación típica de un fenómeno que se conoce como el efecto Proust en honor a un famoso relato de este escritor. En su libro Por el camino de Swann, el narrador de la historia es devuelto súbitamente a la infancia al llevarse a la boca una cucharada del té de tilo en el que había remojado una magdalena. Dicho efecto, que describe la singular capacidad que tenemos los seres humanos de evocar recuerdos en respuesta a estímulos olorosos específicos, se refiere con mayor frecuencia a los primeros años de vida de las personas puesto que es en esa época cuando el cerebro crea huellas neuroquímicas únicas y muy estables que se asocian con las emociones experimentadas por primera vez.
Desde el punto de vista fisiológico, el fenómeno se produce gracias a las conexiones directas del bulbo olfatorio con el sistema límbico del encéfalo. Cuando inhalamos, la corriente de aire que penetra a la nariz contiene moléculas olorosas que entran en contacto con las terminaciones neuronales que conectan el epitelio nasal con el bulbo olfatorio a donde son transportadas las señales químicas atrapadas por los receptores de odorantes sin haber pasado antes por el tálamo y de allí la información es enviada a la amígdala y el hipocampo, que son las estructuras involucradas en el procesamiento de las emociones y la memoria de largo plazo, respectivamente. De esta manera y a diferencia de los estímulos visuales o auditivos que siguen una vía más larga de procesamiento en el sistema nervioso, los olores son los únicos estímulos que se procesan en el cerebro sin ser mediados por la conciencia, lo que hace que los recuerdos asociados con ellos se activen de forma inmediata y muy intensa.

Además de su incuestionable encanto literario de servir como puente para la nostalgia, el efecto Proust es una herencia de nuestro pasado evolutivo, un souvenir de las épocas en las que la memoria de los olores medioambientales jugaba para los humanos un papel importante en procesos tan esenciales como el reconocimiento de sustancias comestibles, de posibles venenos, la detección de congéneres, o de la receptividad sexual de otros individuos. En aquellos mamíferos en los cuales el olfato aún es el sentido predominante, el aprendizaje olfativo tiene lugar en etapas cruciales de su vida pues incrementa sus probabilidades de sobrevivir o dejar descendencia. De manera similar, los olores se graban en nuestra memoria cuando enfrentamos por primera vez emociones trascendentales que marcan nuestra existencia como individuos, a pesar de que otros sentidos – especialmente la vista y el oído – hayan cobrado un mayor valor adaptativo para la especie humana en el transcurso de la evolución.
Lo anterior no significa que el efecto Proust sea un fenómeno exclusivo de las etapas tempranas del desarrollo. Sin embargo, para que se establezca una nueva asociación entre un suceso y un registro olfativo, dicho evento debe tener una carga emocional significativa y el olor percibido debe ser novedoso para su receptor. Los olores que percibimos cotidianamente no suelen evocar recuerdos pues son normalizados por el cerebro, pero siempre estamos expuestos a vivir experiencias que traigan consigo el registro de olores desconocidos que, si se asocian con elementos cognitivos particulares, pueden sumarse a nuestro repositorio de información ambiental.
Dicho almacenamiento cobra especial importancia a medida que envejecemos, pues el olfato es quizá el sentido con mayor capacidad para almacenar recuerdos a largo plazo incluso cuando otros tipos de memoria empiezan a fallar con la edad. En mi caso particular esto podría significar que, a pesar de haber creído siempre que padezco una especie de amnesia olfativa que me priva de la evocación de tantos instantes memorables de la intensa vida que he llevado después de la infancia, a lo mejor conservo en lo profundo de mi archivo límbico recuerdos que duermen en espera del estímulo químico específico que los traiga al presente, o mejor aún, que me lleve con ellos de regreso al pasado.
“…cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.”
Marcel Proust