Las exhibiciones públicas de los museos de historia natural han tenido, como principal propósito, cautivar a sus visitantes con la casi infinita variedad de formas, diseños y colores de los seres vivos. Al mismo tiempo han enfrentado, desde sus comienzos, el difícil reto de lograr dicho objetivo al mostrar especímenes que, obedientes a la segunda ley de la termodinámica, pierden poco a poco la esencia que se quiere transmitir a quienes los contemplan.

Debido a esa dificultad, en los gabinetes de curiosidades de los siglos diecisiete y dieciocho, eran mucho más abundantes ejemplares no perecederos como moluscos y corales que las muestras susceptibles de degradarse tales como flores, semillas, frutos secos, pieles o animales disecados. Algunos animales con exoesqueleto, como crustáceos, arácnidos e insectos se conservaban mejor, pero además de ser muy frágiles, también eran vulnerables a los ataques de hongos, cucarachas y roedores. Los pocos ejemplares de aves y mamíferos que formaban parte de esas colecciones tenían una duración muy reducida por esta misma razón. Para colmo, muchos animales llegaban a manos de los coleccionistas preservados en alcohol y por lo tanto ya se habían decolorado o, al deshidratarse, habían adoptado formas grotescas que difícilmente daban cuenta de su apariencia en vida.
Por otra parte, a pesar de que las plantas se conservan con relativa facilidad al prensarlas y secarlas, los herbarios no eran, por lo general, suficientemente llamativos para un gran público, lo que explica su escasa presencia en las exhibiciones de naturaleza exótica en aquellos primeros museos y colecciones privadas. Estos especímenes fueron siempre materiales de estudio para los naturalistas y la principal forma de darlos a conocer por fuera de los círculos de iniciados era entonces su representación en exquisitas ilustraciones botánicas.
Años más tarde, cuando los grandes museos reemplazaron los gabinetes de curiosidades, muchas de las deficiencias antes señaladas fueron resueltas. Gracias a los métodos de preservación desarrollados en el siglo diecinueve y al refinamiento de los procedimientos de taxidermia, los animales se presentaron de forma más acorde con su aspecto original. La creación de los dioramas, en los cuales se reproducían escenas tridimensionales de la naturaleza, fue un paso importante en la popularización del conocimiento sobre los ecosistemas más icónicos gracias a la labor de artistas-naturalistas que, además de pintar telones de fondo muy realistas, elaboraban modelos de yeso o de cera para recrear elementos distintivos de la vegetación representada en esas exhibiciones.
A pesar de todos esos esfuerzos, algunos grupos de organismos, especialmente los invertebrados marinos sin esqueleto externo y las plantas, no conseguían ser mostrados de forma muy natural. Hasta que, a mediados del siglo XIX, surgió una solución de donde menos se esperaba. Los artistas vidrieros checos Leopold y Rudolph Blaschka, padre e hijo, desarrollaron una habilidad sorprendente para reproducir en cristal soplado – la misma técnica con la que se fabrican las famosas lámparas de Bohemia – las más delicadas estructuras de distintos organismos.
Después de que Leopold hiciera los primeros modelos de celenterados, babosas marinas y flores exóticas, el príncipe Camille de Rohan le encargó 100 orquídeas para su colección privada, comisión que hizo famoso su trabajo por la minuciosa exactitud con la que reproducía cada organismo. Poco después el Museo de Historia Natural de Dresden adquirió numerosos modelos de invertebrados marinos hechos por él y por su hijo, el South Kensigton Museum de Londres compró 185 piezas y el actual Museo de Ciencias de Boston otras 131.
Gracias a este último encargo, el arte de los Blaschka fue conocido por George Lincoln Goodale, primer director del museo botánico de Harvard, quien estaba empeñado en encontrar reproducciones de plantas de gran exactitud y detalle que pudieran ser exhibidos con propósitos educativos y de investigación. Fascinado con la obra de estos artistas, el profesor Goodale viajó a Dresden en 1886 para negociar con ellos un contrato, financiado por la millonaria bostoniana Mary Lee Ware, que dotaría a su institución con la más grande colección de plantas de cristal jamás vista. En efecto, durante los 47 años comprendidos entre 1887 y 1934, la casa Blaschka se dedicó exclusivamente a la producción de los varios miles de extraordinarias réplicas de plantas que hoy reposan en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Harvard.
No deja de ser irónico que la extraordinaria colección de plantas de cristal de los Blaschka sea exhibida como una curiosidad digna de los más refinados gabinetes de historia natural de otros tiempos, más que como la serie de especímenes originalmente concebida para servir a propósitos científicos. Quizá sea esta una demostración más de la fina línea que separa la apreciación estética de la fascinación imperecedera de los seres humanos con la diversidad biológica.




Me encantò está artículo . Parece increíble que puedan hacer eso en vidrio.
Gracias