Hace algún tiempo, mientras buscaba información sobre las migraciones de la polluela moteada (Laterallus notatus), una especie de rálido suramericano muy poco conocida, me enteré de que había sido descrita a partir de un ejemplar colectado en 1831 a bordo del HMS Beagle en la desembocadura del río de la Plata. Con la emoción de saber que el espécimen era parte de la colección hecha por Charles Darwin, releí los capítulos de su “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” correspondientes a su paso por el estuario del gran río, con la esperanza de encontrar algún dato sobre la dichosa polluela que hubiera sido ignorado en la literatura ornitológica.

Al no hallar ni la más mínima mención del ejemplar en cuestión, me di a la tarea de escarbar en el magnífico repositorio en línea de la obra Darwiniana, pero ni el tomo sobre las aves de la Zoología del Beagle, ni su diario de campo, ni sus notas ornitológicas añadieron nada nuevo a la magra información sobre el enigmático bicho. A pesar de la meticulosidad con la que el joven naturalista registró toda clase de datos sobre la mayoría de los especímenes que recolectó durante su viaje, en este caso se limitó a consignar apenas la fecha y el lugar en donde cazó la polluela moteada.
La escasez de datos acerca de esta ave en los papeles de Darwin trajo a mi memoria una historia que ha ocupado en repetidas ocasiones a sus hagiógrafos. Este relato, tal vez el más conocido entre las muchas anécdotas pintorescas que mantienen viva su presencia en el imaginario popular después de más de 160 años de su ingreso a la liga de personajes extraordinarios de todos los tiempos, es el de la supuesta epifanía que tuvo el célebre naturalista en las Galápagos al observar que los pequeños pinzones, tan comunes en este archipiélago, diferían en la forma de sus picos de una isla a otra. Según esta leyenda1, Darwin llegó a la conclusión de que no eran creaciones divinas independientes, sino que debían haber evolucionado a partir de ancestros llegados desde el continente suramericano.

Gracias a esta historia, son comunes las representaciones iconográficas del naturalista británico rodeado de los pinzones a los que comúnmente se asocia su nombre. No obstante, y a pesar del indudable atractivo de esta narrativa, lo que dio origen a ella fue una anotación hecha por Darwin en la edición revisada de su Journal of Researches en la que, al referirse a las Galápagos, decía:
“…Su historia natural es eminentemente curiosa y merece atención especial pues la mayoría de sus producciones orgánicas son creaciones aborígenes que no se encuentran en ningún otro lugar; hay incluso diferencias entre los habitantes de las diferentes islas a pesar de que exhiben una relación marcada con las de América, a pesar de estar separadas de dicho continente por un espacio oceánico abierto de 805 a 966 km. El archipiélago es un pequeño mundo en sí mismo, un simple satélite unido a América, de la cual ha derivado unos cuantos colonos extraviados…”
Los pinzones fueron piezas claves para Darwin solamente después de que John Gould, a quien había encomendado la determinación taxonómica de la colección de aves que llevó a Inglaterra al regresar de su viaje, le informó del parentesco cercano entre todos esos pajaritos. Durante su estadía en las Galápagos le llamaron tan poco la atención que ni siquiera se tomó el trabajo de registrar en su bitácora la localidad precisa en donde obtuvo cada ejemplar. Sus notas de campo al respecto fueron tan pobres como la de la polluela moteada del río de la Plata, lo que incluso dio pie a que algunos historiadores hayan puesto en duda sus capacidades como ornitólogo.
Sin embargo, Darwin era – a los 22 años que tenía cuando llegó a Suramérica – un naturalista competente cuyas habilidades incluían una capacidad de observación sin duda superior a la de muchos de los ornitólogos de la época que estaban interesados, casi que exclusivamente, en determinar la identidad taxonómica de sus colecciones. De hecho, el mito de los pinzones es tan curioso precisamente porque oculta algunas observaciones claves sobre la avifauna de las Galápagos hechas por Darwin durante su visita. A pesar de no haber prestado in situ la atención debida a los pinzones, dejó constancia en sus notas de las diferencias entre los sinsontes de distintas islas lo mismo que de la indudable relación entre los atrapamoscas, las tórtolas y otros pájaros con especies propias del continente suramericano.

Por otra parte, la riqueza de las observaciones ornitológicas hechas por Darwin a lo largo de su periplo es evidente no solo en la narrativa de su viaje sino también en el tercer tomo de la Zoología del Beagle. Aunque la autoría de dicho libro es del ornitólogo y artista John Gould, las abundantes notas detalladas acerca de la distribución, ecología, biología reproductiva y comportamiento de muchas de las especies de aves en ese libro fueron escritas por el propio Darwin, con base en sus libretas de campo.
Años después, durante su larga etapa sedentaria en Inglaterra, la copiosa información recolectada en su juventud de entusiasta pajarero le sirvió como sustento de muchas de sus elucubraciones sobre los más diversos temas. Entre ellas, sobresale el hecho de que haya dedicado cuatro capítulos de El Origen del hombre y la selección con relación al sexo a discutir los caracteres secundarios de las aves. La considerable extensión de su tratamiento de este tema no solamente demuestra su familiaridad con el comportamiento de las aves y su conocimiento de la literatura pertinente, sino también el largo tiempo dedicado a analizar las posibles razones que pudieron favorecer la evolución de los extravagantes plumajes de cortejo en las especies con dimorfismo sexual. En este sentido, es bien conocida la preocupación que atormentó a Darwin cuando estaba escribiendo El Origen de las Especies y trataba de explicar el origen de la cola del pavo real.
Según Clifford Frith2, Darwin desarrolló en sus obras por lo menos 1.700 temas ornitológicos en los que mencionó alrededor de 600 especies diferentes de aves, equivalentes a entre cinco y diez por ciento de la avifauna conocida hasta entonces. Tal volumen y riqueza de su producción intelectual dedicada a las aves bastaría para considerarlo como uno de los más sobresalientes ornitólogos de la segunda mitad del siglo XIX, así haya descuidado la catalogación de los pinzones que hoy llevan su nombre de la misma manera que lo hizo con la polluela que cazó en la cubierta del Beagle mientras navegaba en el estuario del río de la Plata. Asunto por lo demás irrelevante pues tanto la importancia de la obra como el eclecticismo del gran naturalista hacen fútil intentar encasillarlo en cualquiera de las especialidades de la biología actual.

Espléndido texto gracias
Gracias, amigo!
Muy bien escrito. Gracias por compartirlo.
Gracias, Esteban.