A veces, cuando el alud de información que encuentro en el infinito basurero de internet amenaza con aplastarme, me parece mentira que viví en un tiempo en el que las bibliotecas eran la única fuente de información en profundidad sobre cualquier tema. Todavía me parece increible acceder a universos enteros de datos relacionados con algún organismo sobre el cual quiero indagar con el simple acto de navegar en internet. Tanto como la molicie de quienes, a pesar de tener el mismo acceso a esta vía de aprendizaje, publican en las redes sociales fotografías de plantas y animales acompañadas de una pregunta sobre su nombre sin intentar por sí mismos la identificación de los seres que retratan.
Soy parte de una generación que creció rodeada de una austeridad que hoy nos parece inconcebible. Las manifestaciones del cambio cualitativo que atravesaba el mundo en la segunda mitad del siglo 20 apenas se insinuaban en los enlatados transmitidos por televisión, por lo que su efecto no afectaba mayor cosa una rutina colectiva en la que tanto los días como los meses diferían relativamente poco unos de otros.
Manteníamos el contacto con quienes estaban lejos a través de cartas o, si el asunto requería mayor celeridad, recurríamos a los telegramas o a una llamada de larga distancia. Como las noticias viajaban más despacio, teníamos suficiente paciencia para esperar las señales provenientes del mundo que había más allá de los confines cotidianos inmediatos. Mientras tanto, nos bastaban las mismas historias de siempre o pasatiempos tan elementales como leer, escuchar la radio, conversar, o desarrollar aficiones por cuenta propia.

Fue así como a los 13 años me convertí en cazador de patos y aprendiz de taxidermia. Llené las paredes de mi cuarto, en la finca que habitaba con mis padres, de pájaros disecados que dibujaba en un cuaderno por el simple placer estético de plasmar las cosas que atrapaban mi interés y alimenté una curiosidad cada vez mayor por otras formas de vida.
Quise conocer entonces la identidad de los ejemplares que componían mi primitivo gabinete de curiosidades con una revisión exhaustiva de los fascículos de la enciclopedia Salvat de la Fauna – que por entonces eran la única fuente de información “científica” a la que tenía acceso – pero escasamente conseguí averiguar los órdenes o las familias a los que pertenecían algunos de ellos. Tuve pues que esperar una primera visita fugaz al Museo de Historia Natural de Cali, durante unas vacaciones, para identificar mis bichos al comparar los dibujos de aquel cuaderno con los especímenes exhibidos en las vitrinas. Sin saber muy bien lo que hacía convertí esas notas precarias en mi primera guía de campo.
Esas tempranas incursiones autodidactas fueron idénticas, en su forma, a las de incontables generaciones previas de estudiosos de la naturaleza. Mi aprendizaje formal como biólogo fue hecho principalmente a través de trabajo de campo, del estudio de colecciones científicas y de incontables horas de biblioteca, estimulado por mentores que, sin dejar de estar al día con las tendencias experimentales de la biología de finales del siglo pasado, estaban convencidos de la necesidad de continuar con el proceso de caracterización de la biodiversidad en un país en el que aún había tanto por explorar.
Gracias a este proceso de formación, me he sentido siempre más identificado con muchos personajes de los siglos 18 y 19 de lo que estoy con muchos biólogos contemporáneos. Anacrónico por naturaleza, he vivido en carne propia esa comunión con naturalistas de otras épocas que describe John G. T. Anderson1 al decir que “…todos [los naturalistas] parecen haberse conocido, o al menos haber oído hablar de los demás. Leían los mismos manuscritos, se hacían muchas de las mismas preguntas, sufrían penurias similares y, una y otra vez, alcanzaban la misma alegría. Es como si sus historias fueran, en realidad, una sola historia con muchos capítulos y tramas, entrelazadas a través de vastas extensiones de tiempo y espacio.”
Utilicé un computador por primera vez como estudiante de postgrado y tan pronto como internet se hizo disponible, por la época en la que estaba entregado a la práctica docente, me asomé a ella con avidez. Cibernauta a destiempo, desde entonces paso horas incontables inmerso en la exploración digital, con una intensidad apenas comparable a la que siempre tuve en la contemplación de la naturaleza.
Sin embargo, y tal vez a consecuencia de los muchos años durante los cuales dependí únicamente de mis libretas de campo para iniciar indagaciones sobre toda clase de sujetos, aún describo en el papel mis observaciones. Esas notas, acompañadas de dibujos, no solo son un repositorio de registros biológicos sino las pistas que en algún momento me develarán la identidad de lo que observo al compararlas con las nuevas fuentes de información que escarbo ansiosamente en el ciberespacio antes de sumergirme de nuevo en los libros como lo he hecho siempre.
Leo lo que he escrito hasta este punto y me doy cuenta de que no es más que el alegato de un viejo cascarrabias ante las formas más livianas de aproximarse a la naturaleza que tienen aquellos que han crecido en el siglo de la premura sin detenerme a pensar si ellos, a pesar de sus períodos de atención verdaderamente fugaces, a lo mejor tienen emociones tan profundas como las mías cuando encuentran un ser vivo al que nunca han visto antes. Pero luego me justifico pensando que, a pesar de no haber creído jamás que todo tiempo pasado fue mejor, de todas formas estoy convencido de que haber sido habitante de otras épocas hace mucho más inefable la experiencia de navegar en el ciberespacio para tratar de nombrar por mí mismo un bicho con la curiosidad intacta de quien abre por primera vez sus sentidos a la naturaleza.

- Anderson, J. G. (2013). Deep things out of darkness: a history of natural history. Univ of California Press. ↩︎
