Cuando era niño, hablaba en voz alta conmigo mismo cuando estaba solo, pues tenía pánico de olvidar el uso de las palabras. Luego aprendí a leer y descubrí que los libros no solamente funcionaban como antídoto para esa temida amnesia, sino que además me abrían múltiples caminos para conocer el mundo. Luego combiné la fascinación con la literatura con la exploración de la naturaleza y el trasegar por esas vertientes paralelas hizo necesaria una interacción más activa con la palabra para poder compartir mis experiencias.