Hace cinco años, durante las eternas primeras semanas de la cuarentena obligatoria a la que nos sometió la pandemia de CoVid19, empezamos a notar muchos sonidos que antes no percibíamos o que tal vez estaban enmascarados por el ruido ambiental ocasionado por la actividad humana. Los cantos de los pájaros y el estridular de innumerables insectos se hicieron parte de la acústica cotidiana, pero, además, fuimos conscientes del ruido producido por el corretear de los geckos dentro de los marcos de las ventanas y de sus vocalizaciones territoriales. Poco a poco aprendimos a asociar cada momento del día a un sonido distinto lo que nos hizo estar mucho más atentos al paso de las horas.

Fue así como descubrimos la presencia de unos inquilinos que hasta entonces habían pasado desapercibidos a pesar de residir encima de nuestras cabezas. Desde el instante en el que escuchamos sus chillidos en pleno día, pensamos que los ratones habían invadido el techo. Al fin y al cabo, cuando construimos la casa, hicimos recubrir de anjeo la porción de cañabravas del cielorraso que sobresale en los aleros para evitar el ingreso de murciélagos pues sabíamos que algunas especies de estos animales tienen una marcada preferencia por las habitaciones humanas para establecer sus guaridas.
Poco a poco incrementaron la frecuencia y el volumen del parloteo en el cielorraso y empezamos a encontrar tanto restos de insectos como pequeñas bolitas alargadas de excrementos bajo el sitio en el que escuchábamos a los inquilinos misteriosos. Eso incrementó nuestra zozobra pues, aunque contábamos con la potencial habilidad cazadora de Clementina, la gata, temíamos la presencia de los roedores por el riesgo que representaba tanto para ella como para nosotros. Hasta un atardecer cualquiera en el que, sin tener las ventanas abiertas, un murciélago cruzó como una exhalación el espacio aéreo de la alcoba principal.
Después de corretearlo por toda la casa el animal, cansado, se posó sobre una cortina y pudimos verlo en detalle. Se trataba de un murciélago cara de perro (Molossus molossus) y, aunque confirmar su identidad disipó los temores iniciales, entendimos entonces que enfrentábamos un problema distinto que, en las condiciones propias de la pandemia, no era precisamente tranquilizador. La formación de colonias de estos animales en las habitaciones humanas no solo puede contribuir al deterioro de las edificaciones debido a la acumulación de sus excrementos, sino que representa, además, un riesgo para la salud pues son potenciales transmisores de enfermedades zoonóticas1.

La irrupción del pequeño murciélago insectívoro en la alcoba se repitió en varias ocasiones y en todas ellas fue suficiente abrir las ventanas para conseguir que saliera al jardín. Pero esta no era una solución definitiva a su vecindad no buscada. Sabíamos que de las 13 especies de quirópteros que se encuentran en Cali y sus alrededores, esta es una de las más comunes y que se caracteriza por ser bastante gregaria. Sus dormideros pueden albergar varias decenas de individuos, en su mayoría hembras pues son poligínicos y, como suelen ser bastante fieles a los sitios en los que nacieron, era entonces preciso encontrar una forma de erradicarlos de su guarida.
Así pues, inicié un largo proceso de observación. Aunque la revisión preliminar de los aleros no evidenció ningún agujero a través del cual pudieran pasar los bichos, quise estar seguro de ello y pasé muchos atardeceres sentado al frente de la casa, lado por lado, acechando su salida. Al no tener éxito con este procedimiento, no tuve más remedio que trepar a lo alto del tejado con la esperanza de verlos asomar en cuanto cayera la tarde. Días después, tras varios intentos infructuosos, localicé por fin algunos puntos por donde salían los cara de perro poco antes de oscurecer y los sellé con argamasa confiado en que una vez se vieran obligados a salir por entre las cañas del cielorraso al interior de la casa, los evacuaríamos por las ventanas y ya no tendrían como regresar a su refugio.
Todos mis esfuerzos fueron vanos. Los animalitos en cuestión resultaron más tercos que yo y se empeñaron en pasar con nosotros la totalidad de la cuarentena. Se hizo entonces necesario esperar hasta la supuesta normalización de la rutina para buscar ayuda y contratar obreros que levantaran la cubierta del techo y rellenaran con un manto el espacio en el que se albergaban los murciélagos. Al fin, de un día para otro, cesó el bullicio y el vacío resultante fue ocupado una vez más por el rumor incesante de las actividades humanas retomadas después de la pandemia.

Los largos meses durante los cuales estuve atento a la actividad de los bullosos inquilinos del cielorraso dejaron su huella. Como animal diurno que soy, siempre he permanecido ajeno a buena parte de la vida nocturna que se agita a mi alrededor, aunque, al igual que muchos pájaros, aguzo mis sentidos cuando se aproxima el crepúsculo vespertino en preparación para el período en el que estaré sumergido en la brumosa experiencia de los sueños. A medida que la luz se hace más escasa me afano en contemplar el cambio en los mil verdes del follaje y trato de registrar las voces de las aves que empiezan a buscar cobijo para la noche. Pero ahora, además, estoy atento a los movimientos del pequeño grupo de murciélagos de tirantes (Saccopteryx leptura) que descansan durante el día colgados del alero junto a la ventana de nuestra alcoba y, en la época en la que los mangos están en cosecha, espero el paso de los murciélagos fruteros (Artibeus lituratus) que, según la literatura, son comunes en los entornos rurales de estas laderas.
Pero debo admitir que esta es apenas una pobre vislumbre de un grupo de animales, diverso y fascinante, cuyas vicisitudes me son ajenas. Al enfrentar la escritura de este texto recordé el segundo capítulo de “El Relojero Ciego” de Richard Dawkins2 y el famoso ensayo de Thomas Nagel3 en los que ambos autores desvelan la frustración, compartida por todos los zoólogos, de no poder aproximarnos lo suficiente a la percepción del mundo que tienen los seres que estudiamos. Pocos organismos nos son tan difíciles de entender como los murciélagos y por más tiempo que dediquemos a acecharlos, esperarlos y observarlos, difícilmente imaginamos su aprehensión del conjunto de estímulos con los que nosotros construimos eso que llamamos “el mundo real”.

- Alberico, M., & H. García-Paredes. 2005. Murciélagos caseros de Cali (Valle del Cauca-Colombia). Caldasia, 27(1), 117-126. ↩︎
- Dawkins, R. 1987. The Blind Watchmaker. New York: Norton, ↩︎
- Nagel, T. 1980. What is it like to be a bat? pp. 159-168 In: The language and thought series. Harvard University Press. ↩︎
¡Bello texto!, como es propio de la escritura de Luis-Germán Naranjo, con apreciaciones de científico y de fino observador. ¡Gracias!
Muchas gracias, Carlos Enrique. Saludos!
Luis Germán
En Cambio a mi me dejo pensando en el cuento de Cortazar de la “Casa Tomada”, que siempre supuse contenia seres entre imaginarios o invisibles. Pero podrian haber sido murcielagos
Seguro que si, don Corzo.
Tuve un Molossus durmiendo en el hueco de la puerta de embeber de mi alcoba . Bueno , imagino eran varios . Pero solo uno entraba a mi alcoba hacia las 6 y 30 pm . Yo apagaba la luz abría las puertas de par en par y el salía .
Hice una cartilla sobre un estudio de mamíferos terrestres y por ese Molossus me interese en los murcielagos , mamífero volador. Hice un par de ilustraciones que publiqué . Hoy los murciélagos me parecen fascinantes . Claro , no en mi casa. Te entiendo .
Que curioso que hablaras del Molossus !
Todo el escrito , impecable .
En nuestra casa hemos asumido como perdida la lucha con los molossus. Cada año, más o menos, hay que hacerle mantenimiento al techo para sacar las colonias y limpiar los excrementos. A veces, la visita de una Spilotes nos libera del problema por un buen tiempo.
Ismael, la solución que encontramos nosotros funciona muy bien. Te puedo pasar el dato.
Hola, Vicky. A mi me encantan también los murciélagos, pero tal y como expliqué, pueden convertirse en un problema sanitario cuando los tienes en tu casa, especialmente si son coloniales. Gracias por tu comentario!