A mediados de septiembre de 1799, solo dos meses después de su llegada a las costas de Venezuela, Alexander von Humboldt hizo uno de los hallazgos zoológicos más memorables de su periplo suramericano. Durante su visita a la misión capuchina de Caripe encontró al guácharo (Steatornis caripensis), un ave nocturna desconocida hasta entonces por la ciencia occidental.
Yo conocía esta historia desde mucho tiempo atrás y por eso me sorprendió leer, hace poco, la entrada correspondiente a los días 12 y 13 de septiembre de 1801 en los extractos del diario de viaje del naturalista alemán en la Nueva Granada. En ella, Humboldt describió con gran detalle el puente natural de Icononzo en la localidad de Pandi y, en medio de sus observaciones geológicas, anotó:
“….Se oye un ruido sordo, que al principio tiende a atribuirse a las aguas que caen, pero investigando más de cerca percibe uno que el ruido es causado por una especie de pájaro nocturno que habita en el abismo. […]Se les ve revolotear por centenares igual a bandadas de murciélagos. […]Luego de arrojar buscapiés, que iluminan el abismo, reconoce uno que esos pájaros no parecen ser Caprimulgus, sino que pertenecen a una especie de las lechuzas, con ojos muy grandes, pico curvo, de color gris pardo y del tamaño de una gallina…”

Para cualquier ornitólogo es evidente que estos párrafos se refieren a los guácharos, lo cual no tiene nada de particular pues dichos animales han sido vistos en muchas ocasiones en esa localidad tolimense. Lo sorprendente de la nota es que, al parecer, Humboldt no reconoció en ellos al ave que había descubierto para la ciencia en la cueva de Caripe apenas dos años antes.
Intrigado por lo que me pareció un lapsus del gran naturalista, decidí releer el capítulo VII de su “Voyage aux régions équinoxiales du nouveau continent”, el cual está dedicado a relatar su exploración de una parte de la caverna venezolana y al hallazgo del ave en cuestión. Mientras leía, mi perplejidad iba en aumento pues aunque ese texto es mucho más extenso que los pocos párrafos dedicados a las aves que vio en Icononzo, contiene los mismos elementos que me permitieron concluir que aquellos se referían inequívocamente a los guácharos:
“….Allí donde comienza la luz a desvanecerse, se oye en lontananza el rauco son de las aves nocturnas que los naturales creen ser exclusivamente propias de estos lugares subterráneos. […]El Guácharo es del tamaño de nuestras gallinas, tiene el pico de los chotacabras […] ganchudo…”
Hasta que de repente caí en la cuenta de que estaba examinando una entrada de un diario de viaje fechado en 1801 a la luz de las conclusiones a las que había llegado su autor muchos años después de haber hecho la observación original. El “Voyage aux régions équinoxiales…” fue publicado en 1814, y eso permite entender por qué en él se refiere a los guácharos con el epíteto que aún conserva esta especie, mientras que las aves de Icononzo carecen de identificación.

Decidí entonces cotejar el diario de Icononzo con el de Caripe, para no incurrir de nuevo en una interpretación anacrónica. Pero al consultar los archivos digitales correspondientes a la fecha en la cual Humboldt vio por primera vez al guácharo en Venezuela, sólo encontré un párrafo en el cual su autor menciona el hallazgo de plántulas de tabaco en el fondo de la famosa cueva. Al parecer las páginas que contenían sus notas originales sobre los guácharos no existen en ese repositorio.
Después de mucho buscar, tropecé por fin, en la traducción de 1941 de la narrativa de Humboldt1, con un par de notas epistolares que permiten entender mejor la reticencia del investigador a identificar como guácharos a las aves que vio a lo lejos en aquella hondonada de Pandi. En una carta enviada desde Cumaná el 17 de noviembre de 1799, le anunció al barón de Zach el descubrimiento hecho en Caripe:
“Hemos recorrido la famosa cueva del Guácharo que está habitada por millones de aves nocturnas (una especie nueva de Caprimulgus, chotacabras).”
Tres meses después, el 3 de febrero de 1800, repitió el anuncio de su hallazgo en una carta dirigida desde Caracas al barón de Forell y mencionó en ella el significado del ave para los indígenas de Caripe en un párrafo que anticipaba las ricas descripciones etno-ornitológicas que haría años después:
“….hemos bajado a la cueva del Guácharo, caverna inmensa habitada por millares de aves nocturnas (nueva especie de Caprimulgus, Linn.), cuya grasa es el aceite del Guácharo. Es el Aqueronte de los indios Chaimas, pues según la mitología de estos pueblos y de los indios del Orinoco, el alma de los difuntos se entra en la cueva. Bajar al Guácharo, en el lenguaje de ellos, quiere decir morir”.
Que Humboldt haya utilizado en ambas menciones la denominación genérica Caprimulgus para referirse al animal, explica por qué lo empleó también en sus notas sobre las aves de Icononzo. Cuando pasó por este último lugar, él solamente estaba convencido de que había encontrado en Venezuela una especie nueva relacionada con los chotacabras, pero aún no había analizado sus notas y dibujos de los especímenes cazados por su compañero Bonpland, que lo llevaron a describirlo bajo el nombre Steatornis, que aún conserva.

Mi sospecha inicial de un lapsus del sabio alemán resulta entonces completamente infundada. La vacilación de Humboldt ante la identidad de las aves de Icononzo no fue distinta de su actitud en Caripe y con mucha mayor justificación. No es otra cosa que una demostración de cautela ante una observación basada en evidencias circunstanciales: sus notas de este sitio mencionan que no pudo obtener ningún espécimen y que solo pudo hacer el avistamiento de los animales que revoloteaban en el fondo del cañón.
El proceso de intentar poner en orden este rompecabezas histórico me deja un par de lecciones que espero recordar cuando vuelva a enfrentarme a un acertijo como este. Por una parte, que la información extractada de una serie de publicaciones ordenadas cronológicamente no necesariamente representa la secuencia original de los hechos a los que estas se refieren. Y por otra, que pretender adivinar el proceso inductivo de un investigador del pasado a partir de lo que conocemos hoy es, además de ingenuo, engañoso.
- Humboldt, A.D. 1941. Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente. Caracas: Biblioteca Venezolana de Cultura. ↩︎
Gracias Germán por este magnífico relato. Las notas del puente natural de Icononzo donde sé encañona el río Suma paz, es el escenario nocturno de sonidos escalofriantes, generados por decenas de guacharos que se resguardan las paredes del cañón.
Me alegro que le haya gustado el relato, Alvaro. Saludos!
Gracias Luis Germán por compartirnos estas reflexiones. Tanto esta como la nota pasada de la libreta olvidada dan cuenta de los caminos de reflexión y análisis de nuestro querido quehacer. Que bien leer esos artículos con más frecuencia. Saludos
Gracias, Mauricio. Me alegra saber que disfrutas leyendo estos textos. Un abrazo.
Que suerte poder leer estos textos elaborados con tanto cuidado. Solo personas como tu, logran brindarnos tan variada y valiosa información. Admirable. Gracias
Gracias a ti. Escribir este texto fue todo un reto. Estaba seguro de que nadie lo iba a leer.
Aprendiendo de las lecciones tuyas. Gracias por contarlas
🤗
Que dicha poder disfrutar de tus escritos, generados en la duda de algún reporte o del pensamiento critico sobre la realidad. Siempre aprendemos de tus relatos.
Lo mejor de escribir, es conseguir que los amigos disfruten lo que uno quiere compartir. Un abrazo, Alvaro!
¡Emocionante historia, Luis Germán!
Gracias.
¡Qué bueno que la disfrutaste! Un abrazo…