Entre las razones que aduje para justificar la aventura de iniciar este blog, estaban la de escarbar en mis viejas libretas y la de intentar comprender al personaje con el que me encuentro cada mañana al asomarme al espejo. En realidad, ambos ejercicios han sido parte fundamental de mis rutinas de siempre pero, a pesar de ello, todavía me cuesta trabajo entenderme del todo con el reflejo de lo que soy y, con frecuencia, leer las cosas que escribí hace mucho tiempo me refuerza la sensación de extrañamiento que me produce contemplarme a mí mismo. Como sucedió con el texto que hoy comparto en esta quincuagésima entrada de mi bitácora digital.
Enero 11 de 1998
(Luna llena, cielo azul, chicharras)
“Con el tiempo, únicamente con el tiempo, uno llega a tener su propia cara, la que su gesto y genio le fabrican”.
Héctor Abad-Faciolince
Cuando era niño, no me gustaba mirarme al espejo pues me parecían vergonzosos mis redondos cachetes infantiles. Por horas trataba de alargar mi rostro con las manos, con movimientos de mandíbula, con ejercicios de succión de los músculos faciales. Luego, con temor, vuelta al espejo para ver de nuevo ese niño de ojos enormes y cara redonda, encerrado en una infancia que parecía durar eternamente.
De pronto ya no fueron los cachetes. Adolescente irascible, encontré el viejo enemigo del espejo ahora que una gran nariz apuntaba bajo esos ojos enormes y en ese momento en el que a pesar del acné ni barba ni bigote apuntaban por parte alguna condenándome a una soledad de afectos justo cuando empezaba a ver por todas partes el desbordado encanto femenino.
Tal vez fue en este momento en el que del desprecio pasé al terror por los espejos. Mirarlos sin verlos o engañarme a mí mismo al buscar furtivamente mi imagen en las vitrinas, en los vidrios de los carros. Y tal vez fue entonces cuando con pánico vi que los espejos relumbran en la noche y que en la noche sale de la oscuridad ese yo que se está formando sin que mi conciencia lo perciba.
Después fueron otras épocas. Vino el amor y me olvidé por mucho tiempo de estas consideraciones hasta el momento aún no precisado en el que me encontré otra vez frente al espejo para renovar inconformidades alimentadas por una vida entera de escuchar a mi madre y mis hermanas enumerar los atributos del príncipe azul, claramente ausentes en mi rostro.
Alimenté entonces rencores sin justicia e inventé una colección de subterfugios para no acordarme de quien era el inquilino de mi piel y cómo lo iba moldeando en fenotipo su vivencia. El pelo corto o largo, la decisión de dejarse el bigote, el examen ocasional de un grano, cepillarse los dientes frente al espejo. Instancias mínimas y parciales que no permiten la visión periférica, la aprehensión de conjunto de esa llama sorda que palpita detrás de los iris impávidos.
Al fin llega, sin saberse cómo, el día de descorrer el velo. Y ahí, en ese espacio vetado por años de inseguridad, insatisfacción, desconfianza y miedo, está ese hombre que, corriendo la vida, se ha forjado en tu interior.

La frente, muy amplia, tiene surcos de profundidades diversas. Aquí las líneas de la atención recorridas sin descanso. En medio, los profundos surcos de la angustia. Dispersas, las líneas de la risa o de las emociones sorpresivas. Esa enorme fachada detrás de la cual se cocinan las ideas está enmarcada por un cabello de color incierto, pues en él habitan rezagos del rubio de la infancia, del castaño de la adultez temprana, del tostado por todos los soles y, por supuesto, de las canas que han empezado a entremezclarse. Y, por debajo, por unas cejas no muy tupidas pero con marcada decisión tal vez por ser los arcos que resguardan esas enormes lámparas que certifican que ese del espejo todavía soy yo mismo.
Mis ojos. Los mismos de las larguísimas pestañas, del iris de tonos variables entre el leonado de la tranquilidad y el canela verdoso de la ira. Solo que ahora la esclerótica tiene surcos sanguinolentos de cansancio y furia, de tristeza y desenfreno visual. Los pterigios incipientes que señalan los días sin fin de espiar vuelos a contraluz, horizontes marinos, resolanas en espacios abiertos. Y los incontables surcos que se marcan a su alrededor al más leve guiño, en medio de la risa o cuando el día se acaba, dicen sin reticencias que esa mirada intensa (de loco, se empeña en decir el público cotidiano) pertenece a un hombre que viene de regreso tal vez de demasiadas batallas.
En medio, la gran nariz, sello indeleble que me identifica desde hace unas tres décadas. Fea en su enormidad arrastra tras de sí, casi a la fuerza, el resto de este rostro. Lo que se aprecia de inmediato por los dos surcos profundos que descienden desde las agresivas aletas del apéndice y que bordean los pómulos y la piel vacía en donde alguna vez estuvieron los mofletes que avergonzaban al niño pávido que, alguna vez también, habitó este corazón.
Y luego la boca, otro inri de infancia y adolescencia, con la expresión cambiante camuflada en estos años por el bigote oscuro que vino desde la sombra de los genes a resucitar la maliciosa risa de mi abuelo paterno. Cierra el mentón bien definido el cuadro y aún no asimilo a plenitud la noción de que ese que me mira desde todas esas facciones, es el hombre que se hizo conmigo en todos mis caminos.

Muy interesante y simpático autorretrato
Esta ves la resonancia del blog, me dejo pensando en Borges (Ficciones, Tlön, Uqbar, Orbis tertius), en el que escribe algo asi como que los espejos y la copula son abominables, porque nos reproducen. Eventualmente la razon subliminal para no haber dejado descendencia y prescindir de espejos hasta lo posible.
Asusta pensar que una reflexión personal remita a alguien a Borges, especialmente porque cuando escribí ese texto aún no había incursionado en su obra.
Pues, sigue siendo delicioso leerte, creo que te das muy duro. Yo no te veo asi y estoy segura que Mechis tampoco.
🙏
Es una bellísima y profunda reflexión al llegar al quincuagésimo “podium” de este blog.