La carretera destapada atraviesa interminables cultivos de arracacha que ocupan hasta la última hectárea disponible de las laderas. No ha llovido en más de dos semanas y por lo tanto los vehículos en los que viajamos están envueltos en una gran nube de polvo. El recorrido desde Cajamarca, que dura menos de dos horas, se hace eterno y es inevitable pensar en el penoso ascenso de tantos viajeros por esta ruta cuando era una de las principales vías de comunicación de Los Andes Colombianos.

Gran parte de esta carretera, que conecta las poblaciones de Ibagué, en las laderas que miran hacia el Magdalena y Cartago, en el extremo norte del valle del río Cauca, fue construida sobre un camino nacional cuyo origen antecedió el trazado de la red vial de la colonia española. Desde épocas inmemoriales fue utilizada por los pueblos indígenas que habitaron las montañas del Tolima y el Quindío y, al igual que muchos otros senderos precolombinos, seguía hasta donde era posible los filos para conseguir una visión panorámica que permitiera vigilar el territorio y prevenir intrusiones enemigas.
Conocido como paso del Quindío, este camino ganó importancia sobre otros cruces de la cordillera Central como el de Herveo más al norte, o el del páramo de Guanacas, al sur durante el siglo XVIII. En esa época Cartago era una población floreciente desde la cual se accedía a las minas de oro del Chocó y el comercio entre dicha ciudad y el río Magdalena, desde donde se movía todo tipo de mercancías hacia el litoral Caribe, cobró gran impulso. Sin embargo, el mantenimiento de la vía fue siempre muy precario según consta en los testimonios escritos por distintos viajeros que la recorrieron hasta comienzos del siglo pasado, cuando cayó en el olvido con la construcción de la carretera que hoy conecta los dos valles interandinos del país.

Para emprender este viaje, en aquel entonces, era imperativo estar bien provisto de abrigo y víveres pues el cruce de la Cordillera tomaba hasta dos semanas. Lo escarpado del terreno, la densa cobertura boscosa de las laderas en ambas vertientes, las severas condiciones climáticas alrededor de la divisoria de aguas y los profundos lodazales, eran retos considerables que hoy nos cuesta imaginar. Para afrontarlos, los viajeros más pudientes se hacían transportar en silletas sobre las espaldas de personas que ofrecían ese servicio ya que muchas veces la vía era intransitable para las cabalgaduras.
Como es obviamente comprensible, tan inhumano medio de transporte resultaba repulsivo para muchos. Por ejemplo, en 1801, Humboldt y Bonpland prefirieron hacer a pie el penoso recorrido cuando se dirigían hacia Quito y seguir el lento paso de los bueyes que transportaban sus instrumentos, sus colecciones científicas y un equipaje que incluía varios centenares de hojas de bijao con las que armaban chozas provisionales en donde guarecerse de la lluvia durante la noche. A lo largo de la ruta había apenas unos cuantos sitios habitados por lo que era preciso acampar y, para hacerlo, la techumbre de ese material vegetal era ideal por su impermeabilidad.
Desde las calles de Toche divisamos los bosques de palmas de cera. Todavía están muy lejos y la mayor parte de las laderas que nos separan de ellos son extensos potreros que reemplazan los bosques que encontró Frank Chapman, uno de los últimos viajeros que empleó esta ruta hace poco más de un siglo. A pesar de la rapidez y comodidad con las que contamos en esta breve excursión, que para nada recuerdan los rigores de otras épocas, debemos esperar a la mañana siguiente para llegar a los palmares en donde el famoso ornitólogo norteamericano encontró las bandadas de loros que hemos venido a buscar.

Salimos a la trocha poco antes del amanecer y, después de una intensa pajareada a orillas del río Toche continuamos el ascenso hasta alcanzar el límite inferior del bosque que aún retrocede ante el avance de la ganadería. A nuestro alrededor vemos numerosas palmas caídas sobre el tapete de pasto kikuyo y muchas otras muertas, pero aún en pie. En un recodo de la carretera divisamos a lo lejos el cono nevado del Tolima y luego, al fondo del cañón, contemplamos el telón de fondo de un inmenso palmar de cera que sobresale por encima del bosque de niebla.
Es un paisaje verdaderamente sobrecogedor y al contemplarlo me parece increíble que haya sido descrito de manera tan sumaria en las relaciones de los viajeros que cruzaron el Paso del Quindío durante el siglo XIX. Aunque todos se extendieron en detalles acerca de las dificultades que encontraron a lo largo del fragoso camino, apenas Édouard André dedicó unas cuantas líneas de su relato para dejar testimonio de su emoción ante esta majestuosa panorámica.
“Por fin, se presentan ante nosotros las palmeras de cera (Ceroxylon andicola), hundido el pie en el agua y la copa en las nubes, formando extensos bosques (palmares) de columnas que vistas a distancia parecen blancas como el marfil, y coronadas por un haz de admirables palmas de cinco, seis y más metros de longitud. Esos bosques van desapareciendo de día en día, pues caen a millares esos árboles que los siglos han nutrido y que un cuarto de hora bastaría para destruirla para siempre.”
Édouard André (1876)

Todavía alelados por la contemplación de los palmares de Tochecito, escuchamos de repente el griterío de los pericos paramunos y a partir de ese momento la locura pajarera nos invade. Durante el resto de la jornada, no transcurre un minuto sin que alguien señale la presencia de otro pájaro que aún no hemos añadido a la lista. Observar aves en cualquier punto de los altos Andes colombianos es siempre una fiesta, pero hacerlo en un lugar tan extraordinario hace de este día una fecha memorable. Tanto, que al acercarse el atardecer y con él el regreso a nuestro alojamiento en Toche, estamos dichosos a pesar de no haber visto todavía los loros orejiamarillos que hicieron famosa esta montaña entre los pajareros de todo el mundo. Empezamos el descenso en medio de la neblina y de pronto, el vehículo que encabeza la caravana se detiene bruscamente y de él brotan, cámara y binoculares en ristre, sus ocupantes que han visto la llegada de un pequeño grupo de loros a los tocones de palma en los que los habíamos buscado en la mañana.

El amanecer de nuestro tercer día en el paso del Quindío nos sorprende muy cerca del sitio más lejano al que subimos la tarde anterior. Debemos cruzar a más tardar al mediodía la divisoria de aguas pues nos espera una larga jornada de carretera en nuestro viaje de vuelta a casa. Empleamos varias horas en subir la ladera que conduce al sitio conocido como la Carbonera, pues cada curva nos regala un nuevo registro y los orejiamarillos nos dan un maravilloso espectáculo de despedida.

Hasta que los espanta el denso tránsito de turistas que vienen de Salento. Es domingo y, además de unos cuantos grupos de caminantes, hay decenas de ciclo montañistas acompañados por su personal de apoyo, vehículos todo terreno, motociclistas y cuatrimotos cuyos ocupantes parecen empeñados en “silenciar” el estruendo de los motores con la música que sale de los enormes parlantes que llevan a bordo. Cruzamos con alivio el punto más alto de la vía y, al emprender el largo viaje de regreso a casa, lo hacemos con la nostalgia de haber conocido los últimos grandes palmares de cera de los Andes colombianos en el momento en el que enfrentan el asedio de las hordas de un turismo masivo incapaz de conmoverse, como lo hizo John P. Hamilton, con la inmensidad del paisaje que se divisa en este lugar:
“Nada tan grandioso y sublime como el panorama que se extendía a nuestra vista al llegar a la cumbre del páramo, y que pudimos seguir contemplando por largo tiempo durante el descenso. A la derecha, distante no menos de setenta u ochenta millas, se alcanzaba a divisar la cordillera próxima al Chocó. De un golpe abarca la mirada estas empinadísimas montañas, y al observar sus flancos como cortados a pico junto con las impenetrables selvas que las cubren, nadie hubiera imaginado que fuera posible cruzarlas por el estrechísimo sendero que las bordea en espiral; es el trabajo tenaz del hombre que consigue allanar todos los obstáculos.”
John P. Hamilton (1825)

Agradezco la oportunidad de transmitir lo que sentimos en este viaje ,donde no solo pajarear es importante sino disfrutar lo que percibimos al contaco con la naturaleza.Tu sensibilidad y capacidad de transmitir mensajes es admirable.
Gracias, Yolanda.
Gracias por el viaje a través del camino del Quindío en el cual aún se mantienen en pie las palmas de cera, eso si, rodeadas de ganadería extensiva, agroquimicos , entre otras prácticas que amenazan su permanencia. ” Un bosque sobre el bosque” al decir de Von Humboldt y los amplios conocimientos de investigadorxs por allá en 2017 no fueron suficientes para lograr la declaratoria de una área protegida que permitiera lograr los acuerdos básicos y necesarios para la preservación de estos gigantes palmares. Estamos en deuda.
Así es, Carlos. Y el tiempo corre en contra de la esperanza de mantener este paisaje extraordinario.
Que hermosa descripción Luis Germán!!!!
Gracias!