En las postrimerías de la Unión Soviética un visionario científico ruso emprendió, prácticamente en solitario, la titánica tarea de reconvertir una porción de la taiga siberiana en un paisaje de otros tiempos. Preocupado por el ya evidente proceso de descongelamiento del permafrost como consecuencia del cambio climático, Sergei Zimov concibió la idea de reemplazar dichos bosques de coníferas, propios de las latitudes árticas, por pastizales empeñado en recuperar las coberturas vegetales que existieron en esa región durante el Pleistoceno.

Fuente: https://gearjunkie.com/outdoor/pleistocene-park-mammoths-ice-age-reborn
Según Zimov, la Taiga es una formación vegetal artificial, establecida cuando los cazadores nómadas de esa época diezmaron las poblaciones de varias especies de mamíferos habitantes de las estepas árticas. La ausencia posterior de muchos grandes herbívoros facilitó el crecimiento del bosque en áreas antes cubiertas por praderas y la expansión de la cobertura forestal previno la exposición prolongada del suelo a los rigores de la temperatura invernal, lo que a su vez contribuyó con el descongelamiento paulatino de la capa de hielo subyacente.
Confiado en este planteamiento teórico, aparte de esforzarse por arrancar de cuajo los árboles y arbustos en varios sitios dentro de los 144 kilómetros cuadrados puestos por el gobierno ruso a disposición del proyecto, Zimov se dio a la tarea de reintroducir animales herbívoros capaces de mantener a raya cualquier rebrote de estas plantas para él indeseables. Desde 1996, cuando reinició labores el “Parque Pleistoceno”, han sido llevados a él varios grupos de caballos yakutianos, renos, alces, bueyes almizcleros, yaks, camellos bactrianos, bisontes europeos, vacas kalmykianas y ovejas, los cuales son mantenidos en grandes áreas cercadas imitando las manadas que habitaron la región hace más de 12.000 años.
Aunque aún es prematuro afirmar que el impacto de estos animales sobre el paisaje alcanzará las expectativas del equipo liderado por Zimov y su hijo, ambos continúan firmes en su convicción de que la restauración de un ecosistema perdido es una herramienta capaz de revertir la pérdida del permafrost y de incrementar el secuestro de carbono en el suelo siberiano. Al fin y al cabo su planteamiento es bastante plausible pues la reintroducción de algunos animales originarios de la región en la que opera su proyecto y que son característicos del ecosistema que ellos pretenden restaurar sigue una lógica parecida a la de la exitosa reintroducción de lobos al Parque Nacional Yellowstone. Este tipo de intervenciones, conocidas como resilvestración (rewilding en inglés), cuando son cuidadosamente planeadas y ejecutadas, puede producir efectos en cascada que consiguen devolver la integridad ecológica a paisajes enteros.
Al volver a introducir lobos a esa área protegida, la población de alces se redujo y esto desencadenó una serie de cambios en las coberturas vegetales que a su vez contribuyeron a regular la erosión en las laderas, la sedimentación en los cursos fluviales y las poblaciones de muchas especies. En menos de 20 años el número de coyotes – que había incrementado en forma exagerada – disminuyó significativamente y aumentó el de osos pardos, pumas y bisontes gracias a las dinámicas ecológicas restablecidas con la reintroducción de los lobos que habían sido exterminados durante las primeras décadas de funcionamiento del parque. En el caso de Siberia, se espera que las manadas de grandes herbívoros ayuden a recuperar las funciones ecológicas perdidas con el exterminio de la megafauna en la región durante el cuaternario e incrementen su resiliencia frente al cambio climático.

Algo muy distinto planteaba una controvertida propuesta que pretendía la restauración de funciones ecológicas del Pleistoceno en ecosistemas alterados de Norteamérica mediante la introducción de algunas especies animales foráneas. Sus autores argumentaban que puesto que el deterioro de algunos ambientes se inició con la extinción de la megafauna en dicha época, la translocación de animales de otras regiones, cuyos nichos ecológicos son equivalentes a los de algunas de las especies desaparecidas, podría recrear la integridad ecológica perdida. Los elefantes asiáticos podrían desempeñar en los bosques de las planicies aluviales del oeste norteamericano funciones similares a las que tenían los mamuts, los leones serían depredadores idóneos para los caballos salvajes en las praderas y los guepardos reemplazarían una especie de felino que alguna vez fue el control natural de las poblaciones de berrendos (Antilocapra americana) en el suroeste de los Estados Unidos.
Aunque parecían tentadoras, estas ideas fueron recibidas con cautela por diversas razones. Durante los milenios transcurridos desde el final del Pleistoceno hasta nuestros días las comunidades biológicas han tenido tiempo suficiente para reajustar sus dinámicas en respuesta a los cambios acaecidos en su composición y estructura. Las funciones ecológicas que determinaron el desarrollo de muchas civilizaciones humanas (y el ocaso de unas cuantas) son aquellas que empezaron a operar después de las últimas glaciaciones del cuaternario y de la extinción en masa de ese mismo período. Además, la translocación de especies entraña riesgos ampliamente conocidos, entre los cuales se destacan el crecimiento no regulado de sus poblaciones, la transmisión de agentes patógenos nuevos, los impactos imprevistos sobre organismos autóctonos y, desde luego, los posibles conflictos que su presencia pueda ocasionar con los seres humanos que habitan el sitio al cual son llevadas.
Este último punto merecía especial atención puesto que, al igual que en tantas otras propuestas surgidas desde la ciencia de la conservación, las necesidades y expectativas de diferentes actores habían sido ignoradas o, en el mejor de los casos, tomadas con condescendencia. La creación de parques pleistocénicos era sugerida como un paquete de soluciones basada en la naturaleza que permitiría enfrentar impactos negativos del cambio climático, reducir la pérdida de la biodiversidad e incrementar las oportunidades de interacción con la naturaleza para una población mundial cada vez más concentrada en entornos urbanos. Sin embargo, valía la pena preguntarse qué tan realistas pueden ser esas soluciones y hasta qué punto una sociedad que ha crecido ajena a una biodiversidad domesticada y mayormente inocua estaría realmente interesada en entrar en contacto con un mundo “silvestre” modelado con base en la recuperación del papel de los grandes depredadores como factores estructurantes.
A pesar de todas estas objeciones, la nostalgia del pleistoceno continúa ejerciendo su atractivo en la actualidad. La idea de revivir la fauna de esa época en áreas silvestres de Norteamérica aún sigue viva, los proyectos de reintroducción de especies extirpadas hace siglos en algunos países de Europa son cada vez más numerosos e incluso se contempla la posibilidad de hacer regresar de la extinción algunas especies desaparecidas, como los mamuts lanudos, a través de procesos de clonación. Resulta sobrecogedor observar cómo ante la incertidumbre de los tiempos que corren, cuando los desastres climáticos son cada vez más intensos y languidece la biodiversidad en los últimos grandes reductos naturales del planeta, haya quienes se aferran a la no menos distópica esperanza de abrir una ventana al mundo que precedió el florecimiento de la especie humana.
Gracias Luis German, como siempre aportas una perspectiva informada pero renovada. Y si bien es cierto, que lo que alguna vez paso, no tiene porque repetirse, hay en la evaluación de tendencias y modelos, claves para propiciar futuros de sostenibilidad. Doy por hecho que el Pleistoceno, ya no es dable ni deseable en el Antropoceno, pero si que creo que el modelo de alta complejidad debe considerar todas las alternativas.
Prodigioso el planteamiento y a la vez perturbador. Muchas gracias Luis Germán por habernos dado tantas satisfacciones con tus entregas siempre novedosas. Esperamos seguirte en el 2025 con igual entusiasmo.
Gracias, Carmen H. Me emociona saber que las cosas que escribo encuentran lectores que de alguna manera se emocionan con ellas.