Cualquier profesión tiene características que parecen incomprensibles para quienes sean ajenos a ella, pero la biología es, sin duda, sobresaliente en este sentido. El deseo insaciable de sus practicantes por recorrer paisajes agrestes, su falta casi absoluta de repulsión o susto ante las más extrañas criaturas y su capacidad para memorizar los vocablos impronunciables con los que nombran a todas ellas, no dejan de impresionar a cualquiera que interactúe con los seguidores de una disciplina. Sin embargo, las raíces de esos atributos se encuentran en comportamientos que fueron esenciales en la evolución de nuestra especie y por esa misma razón son comunes a todos los seres humanos.

Para empezar, la trashumancia de los biólogos suele estar motivada por el atractivo que representan para ellos lugares comúnmente poco visitados por ser de difícil acceso o porque en ellos no se suelen hallar las mínimas comodidades que definen a los espacios urbanos. Gracias a esas carencias, en dichos sitios aún se manifiestan dinámicas naturales relativamente poco alteradas cuya observación ayuda a construir un imaginario de lo silvestre que, a su vez, sustenta las acciones de conservación que ocupan a tantos estudiosos de los seres vivos.
Pero, independientemente del propósito que tenga para los biólogos deambular por espacios remotos tal actividad, en principio, no difiere de las exploraciones que han hecho desde épocas inmemoriales las sociedades de cazadores y recolectores, gracias a las cuales han conseguido un conocimiento profundo de sus territorios. Es llamativo entonces que esta práctica esencial de la biología de campo parezca peculiar en pleno auge del turismo de naturaleza, cuando se enfatiza la importancia de restablecer la conexión de los seres humanos con la vida silvestre.
En cuanto a la curiosidad por toda clase de seres vivos, que lleva a los biólogos a observar desprevenidamente cada organismo que se atraviese en su camino, esta es tal vez su más inconfundible marca de fábrica. A diferencia de una mayoría creciente de personas que pierden este interés al dejar atrás la infancia, los naturalistas mantenemos esta sensibilidad intacta durante la adultez y, al alimentarla, desarrollamos una habilidad casi sobrenatural para encontrar bichos novedosos a cada paso.

Sin embargo, esto no significa poseer un don distinto a la dotación sensorial con la que todos nacemos y que a lo largo de nuestra evolución nos permitió distinguir fuentes de alimento, depredadores, seres inofensivos o riesgos potenciales. De hecho, se ha demostrado que la capacidad para reconocer distintas formas de vida forma parte del “cableado” neuronal del cerebro humano y es afinada durante los primeros años de vida. No es para nada gratuito que los nombres de plantas y animales ocupen una porción significativa del vocabulario temprano de los niños en todas las culturas.
Quizás la obsesión de los biólogos por nombrar los organismos que son objeto de estudio sea entonces una extensión más de su neotenia. Al igual que los infantes no solo van por el mundo descubriendo novedades sino también preguntándose el nombre de cada hallazgo. Pero, además, en su incansable esfuerzo por completar el catálogo del mundo viviente no solamente establecen la identidad de cada especie: al hacerlo encuentran distinciones sutiles de estructura, forma y función que los llevan a plantearse innumerables interrogantes ecológicos y evolutivos.
Por otra parte, el vagabundeo constante de los naturalistas afanados en nombrar maravillas para asomarse a la complejidad del mundo viviente es también la continuación de una tarea épica comenzada al menos desde el siglo XVI. Cuando los viajes imperiales propiciaron el encuentro del mundo occidental con la biota no descrita de continentes enteros, los filósofos naturales de entonces se enfrentaron a un reto que trascendía los ámbitos locales y regionales. El “descubrimiento” de la diversidad biológica durante el inicio del proceso de globalización marcó sin duda el surgimiento de los primeros sistemas de clasificación a partir de los cuales se engendró la biología como la conocemos.
La prevalencia de estos tres atributos tan característicos del oficio del biólogo se explica entonces en función de comportamientos ordinarios de nuestra especie a los que por lo general prestamos poca atención en una sociedad contemporánea cada vez más ajena a la naturaleza. Si en algo nos distinguimos de otros mortales, quienes nos dedicamos a esta disciplina compartimos la fortuna de haber contado con el apoyo de quienes entendieron que nuestra vocación no es otra cosa que la manifestación persistente de atavismos humanos y el acierto de cultivarlos con esmero desde la más tierna infancia.

Colofón: A lo largo de este texto me he referido a la Biología como si esta fuera aún la disciplina que floreció desde la segunda mitad del siglo XIX y que estuvo dedicada casi por completo al inventario de la biodiversidad global. Obviamente esta es una sobre simplificación debida a sesgos y preferencias personales, pues la profesión que lleva este nombre se ocupa también de otros problemas y por lo tanto muchos de sus practicantes con seguridad no exhiben los atributos de los que he hablado. No obstante, como aún está lejos el día de completar el catálogo de los seres vivientes, las nuevas generaciones de naturalistas herederos de una tradición secular seguirán empeñadas en explorar sitios recónditos para asombrarse con sus habitantes a los que llamarán con nombres incomprensibles para los no iniciados.