“Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía”
William Shakespeare
Cuando el famoso evolucionista Ernst Mayr visitó Papúa Nueva Guinea, durante la década de 1930, encontró con sorpresa que los indígenas de las montañas Arfak, con quienes permaneció mientras hacía su investigación, tenían nombres para 136 de las 137 especies de aves que el identificó con su conocimiento ornitológico especializado.

Treinta años después, Jared Diamond corroboró la observación hecha por Mayr, al trabajar con el pueblo Fore en las tierras altas del oriente de ese mismo país. El investigador encontró que los indígenas tenían nombres locales para 110 de las 120 especies de aves identificadas por él y en 93 casos la correspondencia entre la taxonomía vernácula y la científica era de 1 a 1.
Que dos culturas completamente diferentes y sin ningún intercambio previo coincidan en identificar las mismas entidades biológicas de un territorio es un fenómeno sorprendente que, como ha sido señalado por distintos autores, demuestra la realidad objetiva de las especies. Independientemente de los sistemas de clasificación que empleen distintas culturas, muchos de los elementos que componen la flora y la fauna locales son identificados con nombres específicos que, en muchos casos, tienen su equivalencia dentro de la taxonomía linneana.
Es evidente que estas coincidencias se deben al hecho de que todos los seres humanos compartimos la misma dotación sensorial y con ella conseguimos hacer una representación del mundo material. La “realidad” que percibimos incluye paquetes discretos con propiedades específicas que nos permiten distinguirlos, nombrarlos y clasificarlos. Aunque resulte fascinante, es apenas de esperar que personas con historias de vida, lenguajes y costumbres completamente diferentes reconozcan de manera similar la diversidad de formas de vida a su alrededor.
En efecto, hasta hace relativamente poco tiempo y de manera análoga a los sistemas autóctonos de clasificación, la taxonomía estuvo basada exclusivamente en la apariencia de los seres vivos. La distinción entre distintas especies ha sido hecha a partir del análisis detallado de características morfológicas tanto descriptivas como contables y mensurables de los organismos. Y es tan poderosa esta forma de aprehender el mundo viviente, que las modernas guías de campo aún emplean estos atributos como ayudas de identificación.

Pero las apariencias pueden ser engañosas, pues nuestros sentidos tienen un rango limitado de operación. Por otra parte, solo percibimos los organismos que se encuentran en los espacios a los que habitualmente tenemos acceso y una inmensa mayoría de los seres que conocemos son macroscópicos. Por estas mismas razones las taxonomías autóctonas suelen estar circunscritas a los territorios ocupados por sus usuarios y solo abarcan grupos de plantas, hongos y animales cuyo tamaño es lo suficientemente grande para permitir su diferenciación visual.
Estas limitaciones fueron evidentes a lo largo de la historia del inventario global de la biodiversidad1. Los primeros naturalistas de la historia describieron apenas unos cuantos centenares de organismos propios del área geográfica que ellos habitaron. Por ejemplo, Teofrasto mencionó apenas 550 tipos de plantas en sus escritos y Aristóteles incluyó aproximadamente el mismo número de animales en los suyos.
Siglos después, cuando las expediciones imperiales hicieron su botín de plantas y animales desconocidos, los europeos se percataron de que existía todo un mundo más allá de su propio patio y el número de seres vivos se incrementó en un orden de magnitud. En la décima edición de su Systema Naturae, Linneo describió alrededor de 6,000 especies de plantas y unas 4,400 de animales.
Luego, a medida que los exploradores llegaron a sitios antes inaccesibles, el techo del inventario se elevó cada vez más. Así, por ejemplo, cuando la corbeta británica Challenger recolectó muestras de los fondos marinos alrededor del mundo entre 1873 y 1876, sus investigadores derrumbaron el mito de los desiertos oceánicos con el descubrimiento de 4,700 especies nuevas para la ciencia.
De forma similar, el desarrollo de las técnicas avanzadas de microscopía y el advenimiento de la microbiología moderna desvelaron un mundo insospechado hasta entonces. Los investigadores en estas disciplinas tuvieron que crear categorías taxonómicas nuevas para dar cuenta de sus hallazgos, lo que llevó a reemplazar los dos reinos de Linneo, Plantae y Animalia, por los tres dominios actuales – Bacteria, Archaea y Eukarya – dos de los cuales son exclusivamente microscópicos y comprenden más de 150,000 especies descritas hasta ahora.
Como si todo esto no fuera suficiente, el empleo de técnicas de biología molecular para dilucidar las relaciones filogenéticas amplía todavía más la frontera de investigación taxonómica. Aunque desde el siglo pasado se conocían algunas especies crípticas, dicho fenómeno se consideraba poco común. Sin embargo, un estudio reciente demostró que en realidad ocurre con mucha más frecuencia de lo que se pensaba2.
La existencia de un número insospechado de especies indistinguibles morfológicamente, pero diferenciadas por características, ecológicas, fisiológicas o conductuales en todos los grupos de animales vertebrados, corrobora una vez más la idea de cuan limitada es la percepción humana de la diversidad biológica. Si por cada especie de vertebrado descrita con base en la morfología se estima que existe al menos una especie críptica, es bien probable que lo mismo ocurra con otros grupos de seres vivos por lo que nuestro conocimiento de la biodiversidad global es en realidad incipiente, como ya lo había señalado en 2011 un grupo de investigadores de la Universidad de Hawaii al advertir que los casi nueve millones de especies descritas hasta entonces correspondían apenas al 14% de las organismos terrestres y al 9% de los marinos.
Además de ser un llamado a la humildad al señalar los límites de la percepción del mundo real, la demostración del reducido avance del inventario global de biodiversidad constituye un llamado de alerta cuando apenas comienza la sexta ola de extinción masiva. Los estimativos recientes del número de especies amenazadas sin duda subvaloran las verdaderas dimensiones de ese fenómeno y, dada la velocidad con la que se produce el deterioro del medio ambiente, es bien probable que nunca lleguemos a conocer una porción verdaderamente significativa de la riqueza biológica que recibimos como herencia.
- Richard Coniff en su libro “The species seekers: Heroes, Fools, and the Mad Pursuit of Life on Earth”, hace una relación fascinante de esta historia. ↩︎
- Un caso especialmente notable es el del hallazgo, con este tipo de metodologías, de 16 especies del género Grallaricula de la cordillera de los Andes, en donde anteriormente se reconocía solo una. ↩︎

Me gustó mucho luis.
Gracias, Lou.