
Las múltiples vías que Darwin transitó, mientras desarrollaba su trascendental argumento teórico, son un tema recurrente en la hagiografía de la evolución. Durante los veinte años que tomó la elaboración de su obra el gran naturalista emprendió, con su meticulosidad característica, varias líneas de investigación que desde entonces han ocupado generaciones enteras de biólogos.
Así, por ejemplo, en su demostración de cómo la supervivencia de una especie puede depender de sus interacciones con otros organismos, presentada en el tercer capítulo de “El Origen de las especies”, Darwin menciona que muchas plantas de la familia de las orquídeas requieren la visita de polillas que remueven sus masas de polen y las fertilizan. Al igual que la inmensa mayoría de afirmaciones aparentemente puntuales en este libro, esta no era una mera suposición pues, por la época en la que terminaba de escribir su magnum opus, una de sus principales “distracciones” consistía en dilucidar los mecanismos de polinización de las orquídeas británicas y de algunas provenientes de otras regiones.
Su escogencia de las orquídeas como objeto de estudio no pudo ser más afortunada. La extraordinaria diversidad de especies que contiene este grupo de plantas es una fuente inagotable de sorpresas en lo que respecta a los mecanismos de la coevolución. Las extrañas formas de sus flores, los patrones de coloración que guían a los polinizadores, la precisión con la que consiguen adherir a ellos sus granos de polen y las recompensas de néctar con las que aseguran sus visitas fueron algunos de los descubrimientos de esa investigación colateral que consignó Darwin en su primera publicación posterior a la más famosa de sus obras1.

Además de sustentar la idea de los mecanismos naturales que limitan el crecimiento exponencial de las especies, estos hallazgos se convirtieron, desde su planteamiento, en algunas de las pruebas más elocuentes de la selección natural “en acción” y refutaron la convicción, expresada por Thomas Henry Huxley en 1856, de la inutilidad funcional de las formas y colores de las flores. Lo que nunca imaginó Darwin fue hasta qué límites podía llegar la coevolución al combinar, en una sola interrelación, los precisos mecanismos de fecundación de las orquídeas y la selección intersexual de sus polinizadores.
En los bosques neotropicales un grupo peculiar de abejas, la tribu Euglossini, ha desarrollado una singular estrategia reproductiva. Los machos recolectan compuestos aromáticos en las flores de varias especies de plantas – principalmente orquídeas –, o los extraen de las resinas que exudan las cortezas de algunos árboles, o de excrementos de mamíferos, y los almacenan en depósitos especiales de sus patas traseras2. Una vez almacenados, son transformados mediante la acción bioquímica de unas glándulas esponjosas y luego empleados en complejos rituales de galanteo.
Una vez perfumados, estos hermosos insectos buscan sitios expuestos en donde las corrientes de aire contribuyen a esparcir sus efluvios. En los ambientes boscosos la disponibilidad de este tipo de lugares es limitada, por lo cual, cuando un macho inicia sus despliegues, atrae a otros individuos que están buscando en donde asentarse y entonces establecen sus perchas de cortejo relativamente cerca unos de otros; este agrupamiento ofrece a las hembras la posibilidad de escoger quien las fecunde3. Es de presumir que tanto la calidad de la mezcla de aromas de cada individuo, como la exhibición de su brillante colorido al realizar los movimientos estereotipados del galanteo, sirvan como criterios de selección.

Aunque todavía no hay un consenso acerca del papel que juegan los perfumes en el comportamiento reproductivo de este grupo de abejas, la preferencia de las especies por determinadas flores que producen los compuestos químicos necesarios para la “elaboración” de la fragancia empleada en sus despliegues de galanteo es evidencia suficiente de su importancia como factor de selección en la evolución de unas y otras. Bien sea que el perfume emanado por los machos sirva simplemente como garantía de su identidad específica, como estimulante sexual para las hembras, como indicador de su calidad genética o como una combinación de varios de estos factores, no cabe duda de que, entre las muchas maneras como las angiospermas han asegurado la visita de insectos que las polinizan, la oferta de sustancias aromáticas empleadas por agentes polinizadores como atrayente sexual es sin duda una de las más sofisticadas.

Son las nueve de la mañana y el sol, que había estado esquivo tras la llovizna del amanecer, al fin atraviesa las copas de los árboles e inunda el sendero empedrado. La iluminación repentina resalta las coloridas espatas de los anturios contra el verde del follaje; un resplandor metálico, que parece concentrar toda la luz, pasa raudo hasta posarse en la extraña flor de una orquídea silvestre (Catasetum ochraceum) que crece junto a una roca: es una abeja euglosina macho (Exaerete smaragdina), ocupada en la tarea de recolectar esencias florales.
La composición y la disposición de las plantas ornamentales de este jardín son más producto del azar que intencionales. El suelo arcilloso y compactado, los ataques de las hormigas arrieras y la competencia por la luz con los árboles nativos que hemos conservado, solo permiten sobrevivir unas cuantas de las muchas plantas que hemos traído de distintos lugares. La presencia de estos insectos es motivo suficiente para hacernos sentir orgullosos de esta serendipia pues, además de satisfacer nuestras aspiraciones estéticas, contribuye al funcionamiento de complejas interacciones ecológicas y a la recuperación de un ambiente previamente degradado. Por eso, después de nuestro primer encuentro con las aromáticas abejas metálicas, cada recorrido por esta pequeña área es hecho ahora con la anticipación constante de nuevos y extraordinarios hallazgos.
- Darwin, C. R. 1862. On the various contrivances by which British and foreign orchids are fertilised by insects, and on the good effects of intercrossing. London: John Murray. ↩︎
- Dressler, R. L. 1982. Biology of the orchid bees (Euglossini). Annual review of ecology and systematics, 13, 373-394. ↩︎
- Pokorny, T., Vogler, I., Losch, R., Schlütting, P., Juarez, P., Bissantz, N., … & Eltz, T. 2017. Blown by the wind: the ecology of male courtship display behavior in orchid bees. Ecology, 98(4), 1140-1152. ↩︎
