Pocos nombres gozan de una permanencia tan larga en la historia de las ciencias naturales como el del sueco Carlos Linneo. Su invención de la llamada taxonomía binomial, justo en el momento cuando apenas emergía la historia natural como ciencia, estableció un principio ordenador que determinó el carácter universal de las asignaciones de nombres a los distintos seres vivos y su propuesta de una organización jerárquica de categorías superiores que los agrupan eventualmente condujo al planteamiento darwiniano de la evolución entendida como “descendencia con modificación”.

La propuesta de Linneo partía de asumir la realidad objetiva de todas las producciones naturales que era posible distinguir visualmente de acuerdo con atributos de forma, proporción y número pues, según sus propias palabras, «el semejante se distingue del que no lo es por caracteres peculiares que el creador imprimió a las cosas1». Al asignar un único nombre compuesto a cada una de estas especies, Linneo seguía el mismo principio que empleamos al reconocer y nombrar distintos tipos de objetos materiales: así como identificamos como mesa a un mueble que tiene una superficie plana sostenida por una o varias patas, aprendemos a reconocer, en medio de la abigarrada diversidad de formas que observamos en la naturaleza, diferentes tipos de plantas, animales, hongos u organismos microscópicos pues todos ellos se presentan a nuestros sentidos como elementos discretos reconocibles por atributos particulares.
Sin embargo, y a pesar de su probada utilidad, el sistema binomial de Linneo adolece de la inevitable limitación que nos plantea nuestra dotación sensorial a la hora de llevar a cabo el reconocimiento de las especies como entes reales. Además, la percepción de los atributos singulares y distintivos de cada una depende, en mayor o menor grado, del contexto cultural en el que se desenvuelva un observador. Algunas taxonomías autóctonas prestan más atención a los aspectos funcionales que a los morfológicos, otras se basan primordialmente en la utilidad, etcétera. Por lo tanto, a veces es difícil tener la certeza de que una cosa que reconocemos en realidad existe como un ente discreto pues, como explica el humanista estoniano Rein Raud, “los objetos son solo estadios relevantes y notables de procesos continuos: relevantes para nosotros y notables a medida que los sentidos los delimitan a nuestra atención”.
Precisamente por la dificultad implícita en el concepto de realidad objetiva, el conde de Buffon se opuso a la taxonomía linneana y se negó a adoptar cualquier sistema artificial de clasificación al emprender la elaboración de su monumental Histoire Naturelle Générale et Particulière. En su segundo discurso, el célebre naturalista francés escribió:
“…la naturaleza opera en gradaciones desconocidas y, en consecuencia, no se presta a estas divisiones ya que pasa de una especie a otra y a menudo de un género a otro a través de matices imperceptibles… …La naturaleza, completamente desplegada, nos presenta un inmenso cuadro en el que las categorías de los seres están representadas, cada una, por una cadena que soporta una sucesión continua de objetos suficientemente adyacentes y suficientemente similares cuyas diferencias son difíciles de apreciar…”
Georges-Louis Leclerc, Conde de Buffon

El antagonismo que evidencian las obras de estos dos grandes naturalistas del siglo XVIII – asumir la existencia verdadera de las especies (Linneo) o considerarlas producto de la imaginación (Buffon) – subyace un problema evolutivo tan fundamental como es el de la dificultad para comprender lo que significan las discontinuidades aparentes entre las especies. Un siglo después de estos autores, Darwin manifestó su incapacidad para la resolución de este problema al hablar de la variación en estado natural2:
“…considero el término especie como un nombre dado arbitrariamente por conveniencia a un conjunto de individuos que se parecen mucho entre sí y que no difiere esencialmente del término variedad, que es dado a formas menos distintas y más fluctuantes.”
Charles Darwin
Para Darwin esta dificultad estribaba, paradójicamente, en su convincente demostración de como una especie puede transformarse a lo largo del tiempo hasta que en un momento dado las diferencias entre un individuo y sus ancestros remotos son tan grandes como las que presentan dos seres contemporáneos pertenecientes a especies distintas. En este mecanismo evolutivo, conocido como anagénesis, si bien el naturalista puede reconocer la distinción cuando compara una especie con su ancestro remoto, es incapaz de identificar el comienzo discreto y definible de la primera (su “nacimiento”) y el término igualmente discreto y definible de la segunda (su “muerte”)3.
La solución de este acertijo habría de esperar hasta bien avanzado el siglo XX, cuando durante la llamada síntesis moderna de la evolución el ornitólogo alemán Bernhard Rensch formuló el proceso evolutivo conocido como cladogénesis – según el cual un linaje ancestral se divide en linajes hermanos que evolucionan independientemente – como mecanismo más plausible de diversificación biológica. En la concepción cladística actual, las especies biológicas se reconocen como entes reales por criterios de individualidad evolutiva:
“Las especies tienen hijas al ramificarse. La especiación obedece principios hereditarios pues las hijas se originan con fenotipos y genotipos más cercanos a los de su madre que a los de cualquier otra especie de un linaje colateral. Las especies ciertamente varían, pues su aislamiento reproductivo exige la diferenciación genética con respecto a la madre y a parientes colaterales. Por último, las especies interactúan con el ambiente en una forma que influye sobre las tasas de nacimiento (especiación) y muerte (extinción).”
Stephen Jay Gould
En ocasiones los taxónomos descubren que lo que antes creyeron que era una especie en realidad es un conjunto de seres genéticamente distintos y cuya apariencia, para los humanos, las hace casi indistinguibles. Otras veces sucede lo opuesto: análisis moleculares demuestran que varias supuestas especies son apenas variantes morfológicas de un tipo de organismo y, en consecuencia, deben fusionarse en un solo taxón. Pero, aunque esto parezca sugerir la artificialidad de las especies, solo confirma las limitaciones de los naturalistas para identificar con certeza las casi infinitas manifestaciones de la diversidad biológica, sin poner en duda su realidad objetiva. Y a diferencia de Linneo, quien quiso nombrar cada uno de los seres inmutables de la creación, los taxónomos contemporáneos están satisfechos con su tarea de encontrar los límites entre las especies de forma tal que sea posible verificar su individualidad evolutiva.

- Linneo, C. Systema naturae, 9a edición, Leiden, 1756, p. 215. ↩︎
- Darwin, C.R. 1859. On the origin of species by means of natural selection. London: John Murray, Albemarle Street. Ch. 2, p. 52. ↩︎
- Gould, S. J. 2002. The structure of evolutionary theory. New York: Belknap Press. Ch. 8, pp. 602-605, 608-612. ↩︎