“El origen de las especies por medio de la selección natural” de Charles Darwin no solo es uno de los libros más importantes de todos los tiempos. En su género es tal vez el texto mejor conocido incluso hoy, cuando han transcurrido 166 años desde su aparición.

El reconocimiento innegable de “El Origen de las especies” no es atribuible solamente al hecho de ser el documento fundacional de la teoría evolutiva y, por lo tanto, el causante de una verdadera revolución conceptual. Su autor era un hábil contador de historias y aunque consciente de la trascendencia que tenía su texto, quiso hacerlo alcanzable para un público lego al emplear el estilo y el lenguaje propios de una obra de divulgación científica.
Hasta cierto punto, esta decisión del naturalista británico obedecía al hecho de tener un público cautivo. La prosa que empleó en su opera prima, “El viaje del Beagle”, había conquistado miles de lectores veinte años antes con su lenguaje directo y sencillo y con la riqueza de las observaciones que contenía acerca de una amplia variedad de sujetos. Toda una generación de investigadores tan ilustres como Alfred Russel Wallace, Richard Spruce y William Bates encontraron en ellas su fuente de inspiración.

Gracias a esa minuciosidad en el detalle, las principales ideas expuestas en “El Origen de las especies” fueron prácticamente del dominio público a pesar de su profundidad y de sus implicaciones filosóficas. Los primeros 1.250 ejemplares impresos se vendieron el mismo día en el que salieron al mercado y sus editores se vieron obligados a hacer un segundo tiraje, de 3000 copias, dos meses después.
Para los lectores de una época en la que la historia natural era una afición bastante común resultaba fascinante que Darwin abundara en detalles sobre la vida de toda clase de organismos. Todas las ideas expuestas en su libro estaban sustentadas con ejemplos recogidos no solamente en su viaje de circunnavegación, sino también a través de una copiosa correspondencia y como resultado de los experimentos que llevó a cabo a lo largo de las dos décadas que tardó en terminar el manuscrito.
Down House, la gran casa señorial en la que Darwin vivió con su familia hasta su muerte fue el escenario de una gran cantidad de ensayos que llevó a cabo para dar soporte a sus hipótesis. Las plántulas nacidas de las semillas contenidas en el bucha de una paloma muerta, de aquellas que encontró un terrón de barro adherido a la pata de una perdiz, o las que sobrevivieron después de mantenerlas en agua de mar durante varios días, son algunos ejemplos de los mecanismos empíricos que usó en los capítulos 11 y 12 para demostrar cómo la presencia de plantas y animales en sitios separados por grandes barreras geográficas no se debe a eventos independientes de creación divina.
Pero los tiempos cambian y con ellos las costumbres y las maneras de ser y de estar en el mundo. Esos detalles que hicieron de la obra cumbre de Darwin un libro tan atractivo en su momento se han difuminado poco a poco en la memoria colectiva a pesar de que el libro continúa en prensa en múltiples idiomas y de que la formulación general de la teoría de la selección natural es parte de eso que llamamos “cultura general”. Son pocas las personas vivientes que han leído por completo este clásico y menos aun las que recuerdan el intrincado trabajo de filigrana que le dio su solidez conceptual.
Por eso el hallazgo de trabajos recientes que no solamente citan apartes específicos de “El origen de las especies” sino que además lo hacen como punto de partida de investigaciones que validan algunas de las piezas más recónditas del gran argumento darwiniano es emocionante. Hace unos días, mientras buscaba información en internet sobre mecanismos de dispersión, me topé con una serie de artículos de los últimos diez años que retoman la idea del potencial de las aves migratorias como vectores de la expansión geográfica de distintos tipos de organismos: desde el papel que juegan distintos playeros en la dispersión de invertebrados entre las dos costas del istmo centroamericano, hasta la dinámica de plantas invasoras en Europa facilitada por los movimientos estacionales de los patos.
En medio de esa mina de información reciente hubo un trabajo que llamó particularmente mi atención pues no solamente revive las ideas expuestas por Darwin en aquellos dos capítulos de su libro, sino que emplea una forma tan ingeniosamente simple para examinarlas, que estoy seguro de que hubiera emocionado al gran naturalista. Al examinar el tracto digestivo de las presas cazadas por halcones silvestres en algunas islas del archipiélago de Canarias, un grupo de investigadores documentó en 2016 la capacidad de las aves migratorias para transportar semillas viables a través de vuelos intercontinentales.
Este renacimiento de algunas de las “pequeñas” ideas ocultas en la obra de Darwin no solamente es emocionante desde un punto de vista puramente sentimental. La demostración experimental del rol de las migraciones de muchos animales en las dinámicas poblacionales de especies con movilidad autónoma reducida es trascendental a la luz de la pérdida de conectividad ecológica ocasionada por la fragmentación de grandes paisajes y de la reducción del hábitat potencial de tantos organismos como consecuencia del cambio global.
Pero, además, es un recordatorio de la importancia de no perder de vista aquellos documentos que han resistido los embates del tiempo por ceder al prurito de leer siempre las fuentes bibliográficas más recientes. Es probable que en esas viejas fuentes encontremos claves esenciales para afrontar los problemas del presente. Y si no lo hacemos, al menos tendremos vislumbres de cómo se abordaban las grandes preguntas en una época en la que se vivía más despacio y la ciencia era apenas un emprendimiento recién nacido.

Una maravilla de texto, Luis Germán. Qué bueno iniciar el año leyendo algo sobre Darwin. Hace poco encontré un grupo entusiasta en instagram que propuso una lectura comentada de El Viaje del Beagle, y con el impulso que me dio esa primera lectura me animé con El origen de las especies. Y tienes razón, el libro está escrito como para ser leído por un público que rebasa las fronteras de la biología. ¿Tienes todavía los apuntes que usabas en tus clases como profesor de teoría evolutiva?
Gracias, Ismael y no, no guardo ya esos archivos. De todas formas nunca tuve muchas notas, pues traté siempre de reinventar mi discurso cada vez lo más que podía pues no me gusta repetirme.