Hace algunos meses alguien me preguntó si yo usaba inteligencia artificial para escribir las cosas que publico en este blog y no solamente lo negué de plano, sino que además consideré ingenua y a la vez ofensiva la pregunta de mi interlocutor. Sin embargo, el asunto se quedó dando vueltas en mi cabeza hasta convertirse en uno de esos gusanos que se quedan dormidos para activarse de nuevo cuando me despierto en medio de la noche por lo que no me quedó otro remedio que enfrentarlo y hacer su disección.

Pensándolo bien, mi respuesta negativa a dicho interrogante, aunque sincera, no estuvo del todo ajustada a la verdad. Empleo un computador como herramienta de escritura y el solo hecho de hacerlo implica el uso de algunas utilidades que seguramente podrían considerarse como elementos de inteligencia artificial. Así, por ejemplo, aunque me precio de tener una excelente ortografía, no prescindo por completo del corrector automático del procesador de palabras y aprovecho con frecuencia, mientras escribo, la oportunidad de establecer hipervínculos con otros documentos o de introducir notas de pie de página en mis textos cuando considero que son necesarias para dar más sustento a algunas afirmaciones.
De igual forma, si bien es cierto que en el desarrollo de mis ideas paso largas horas de lectura en mi biblioteca y escarbo en viejas libretas para sustentar algunas afirmaciones, descubrir nuevas preguntas o confirmar datos dudosos, los motores de búsqueda en línea multiplican los canales a través de los cuales armo el rompecabezas de cada argumento. Tales herramientas emplean algoritmos para analizar las fuentes de información disponibles en internet y destilar aquellas más compatibles con los criterios que se utilicen en una consulta, por lo que al emplearlos cuando escribo nuevamente hago uso de inteligencia artificial.
Pero, después de hacer esta reflexión y haber caído en cuenta de que no prescindo del todo de mecanismos cibernéticos como parte del proceso de escritura, mi incomodidad frente a aquella pregunta no disminuyó en lo más mínimo. Cada uno de mis textos es fruto de un esfuerzo de reflexión y lo último que quisiera es que sean interpretados por los lectores como el resultado de mi interacción con alguno de estos artilugios tan en boga hoy en día.
Desde que tengo memoria de ser un lector empedernido me atrajo siempre la escritura como proceso creativo con el que, como dijo en alguna parte Javier Marías, se piensan mejor las cosas y se toma conciencia de aspectos que de otro modo pasarían desapercibidos. Escribir facilita la introspección y hacerlo “a pulso” no solamente pone a prueba el manejo que se tenga del lenguaje. Requiere también la capacidad de asociar ideas de forma tal que una frase pueda mover emociones en quienes la lean y sugerir interpretaciones convincentes sin perder el acento de su autor.

Además de tener la propiedad mágica de la teletransportación, la escritura es capaz de trascender el tiempo en cuanto mantiene viva la expresión de una idea en ausencia de quien la haya pensado. Por esa razón, encontrar la voz propia es tal vez la máxima recompensa a la que se aspira al enfrentar la página en blanco pues, cuando esta se consigue, el texto producido es capaz de llevar su sonido a través del tiempo y el espacio.
Por este último motivo considero inconcebible delegar la construcción de un argumento en cualquier mecanismo de inteligencia artificial. Ahora que por fin dispongo del tiempo necesario para transcribir sin afanes el diálogo que mantengo conmigo mismo, no darme el gusto de jugar con las palabras, buscar la sintaxis que mejor se acomode a cada uno de los fantasmas que dan vueltas en mi mente y escoger el tono capaz de darles salida me parece un desperdicio.
Como si no tuviera ya suficientes motivos para mantenerme empeñado en escribir a capella, hace unos días encontré un artículo que hacía referencia a la que quizá sea la razón más importante de todas. Según un estudio reciente desarrollado por investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT por su sigla en inglés), en el cual se comparó la actividad cerebral de escritores de ensayos con acceso a inteligencia artificial con la de quienes no lo tenían, se encontró que los primeros mostraron una menor actividad cognitiva y una mayor dificultad para citar con precisión su trabajo. Para un adulto mayor, enfrentado a la inminente pérdida de facultades cognitivas, escribir con ayuda de esas herramientas es sin duda un riesgo del todo innecesario.
Así pues, enfrento gozoso cada día el desafío de poner en negro sobre blanco mis ideas no solo como un mecanismo para desenmarañarlas sino también como un puente que hace posible establecer vínculos que de otra forma me estarían vedados. Y saber que lo hago exclusivamente con los recursos que he aprendido a manejar a lo largo de una vida entera dedicada en gran medida a jugar con el lenguaje, además de mantenerme razonablemente lúcido, es algo que me produce un placer de verdad inefable.

Muy bien dicho! Menos mal se mantiene el vicio de escribir o transcribir, como dice su persona, los innumerables y tematicamente diversos soliloquios.
esa foto sentao escribiendo en la orinoquia está muy pero muy pro ome!!