“Te dejan sus herencias, te marcan un sendero, te dicen lo que es malo y lo que es bueno, pero… Ni los vientos son cuatro, ni siete los colores, y los zarzales crecen junto con las flores…”
Joan Manuel Serrat
Uno se pasa buena parte de la infancia con la ansiedad de “ser grande”. En los juegos de roles de alguna manera busca replicar la imagen de los adultos, a quienes tiene como modelos y como horizonte. De hecho, muchas de las discusiones que ocurren en ellos se deben a la rivalidad por asumir las figuras de mayor autoridad y por eso hay ocasiones en las que quisiera tener al menos la edad de los hermanos o los primos mayores, que aparentan una mayor autonomía. La incapacidad para aprehender la inefable experiencia de atravesar esos años siembra el deseo de crecer de una vez por todas y la convicción de que en el futuro hay un momento a partir del cual se hará realidad la omnipotencia de los mayores.

Esa primera inconformidad con la edad se acentúa en la adolescencia, cuando empieza la devaluación de la autoestima tan característica de esa etapa. No solamente se hace insoportable la dependencia de los demás, cuyas decisiones encontramos tantas veces cuestionables. La insatisfacción con la estatura, con el aspecto personal y con la sensación de estar haciendo siempre el ridículo hacen casi insoportable habitar el propio pellejo y uno intenta entonces vestirse de otra forma, ensaya nuevas maneras de comportarse e incluso asume actitudes temerarias en el vano esfuerzo de apresurar el tiempo sin tener la más vaga idea de los costos transaccionales de llegar a la edad adulta.
A pesar de tanta anticipación, el día en el que entramos a formar parte de esa masa anónima de las personas adultas uno casi ni se da por enterado pues pasa la mayor parte de su tiempo ocupado en estériles afanes por cumplir los roles que cree haber escogido y los que le han sido impuestos por la tradición, por la necesidad, o por los cantos de sirenas del sistema. Los tan ansiados privilegios de ser adulto se convierten en obligaciones que se deben cumplir a rajatabla y es entonces cuando empezamos a mirar hacia atrás en añoranza de la infancia perdida.
Aún en el caso de seguir una vocación, muy pronto nos damos cuenta de que el camino escogido está lleno de escollos. En cualquier tipo de oficio hay “órdenes de picoteo” que, al igual que las gallinas, debemos gestionar si de verdad pretendemos llegar a desempeñarlo. Los parámetros que definen el éxito profesional han sido establecidos por otros y no basta entonces con la satisfacción propia de haber conseguido dominar los rudimentos de la disciplina o la labor escogida ni con el simple hecho de estar haciendo algo que alguna vez nos pareció un sueño. Es preciso contar con la aprobación de los demás, lo que nos lleva de vuelta a un tiempo que creíamos haber dejado atrás.

Tarde o temprano, aprendemos a jugar el juego y conseguimos avanzar posiciones en el tablero de la vida social y laboral. Esos avances adormecen los demonios interiores del miedo y la inseguridad e incluso en algunas ocasiones nos hacen confundir el aplauso momentáneo con la aceptación que siempre hemos ansiado. Hasta el instante menos esperado, cuando un nuevo tropezón nos muestra la fragilidad del éxito y la volatilidad del aprecio de gran parte de quienes nos rodean. Miramos hacia dentro de nosotros mismos para encontrar el mismo vacío que siempre nos produjo vértigo.
La dificultad de ser aceptado por otros hace que uno enfrente retos que jamás imaginó durante la infancia o en la adolescencia. Como, por ejemplo, el de atreverse a permitir que alguien más penetre en sus pensamientos más recónditos cuando tiene el acierto de entender que esa persona le ha dado acceso a los suyos. De los grandes regalos que da la vida, el de ser recibido en otro universo privado es sin duda alguna el más poderoso pues se convierte en el escudo para enfrentar las vicisitudes de la existencia. Con él se aprende a mirar la propia imagen en el espejo, despojado de prejuicios, para reconocer en ella, con compasión y empatía, a quien nos ha acompañado desde siempre incluso en los momentos más oscuros.
Sin embargo, esta es una tarea que consume la mayor parte de la existencia adulta. Hasta que un buen día, al repetir por enésima vez el ejercicio de buscarse en el espejo, uno hace las paces con ese reflejo – la representación más cercana del inquilino que habita el propio cerebro – y descubre que quien lo mira desde el otro lado es alguien a quien siempre quiso conocer. Un personaje que sabe lo que quiere y al que no parece preocuparle demasiado lo que sobre él pudieran decir los demás o si su presencia amerita siquiera un comentario.
Y entonces, cuando todas las piezas del rompecabezas parecen encajar, uno se da cuenta de que todos los esfuerzos por atrapar los fugaces espejismos de la sucesión cronológica no eran otra cosa que la búsqueda de la identidad por fuera del tiempo en el que estaba viviendo. Pues a pesar de los desafíos que enfrentó en cada una de las etapas recorridas, en todas ellas recogió segmentos de este ser que apenas empieza a valorar cuando ha decidido prescindir de aquellos anacrónicos y estériles afanes por llegar a ninguna parte.
“El envejecimiento es un proceso extraordinario mediante el cual te conviertes en la persona que siempre debiste haber sido.”
David Bowie
