En una de sus brillantes y perturbadoras reflexiones, el astrofísico Brian Cox dice que si los humanos – por acción o por negligencia – llegamos a destruirnos, el universo perdería su sentido pues ya no habría quien se maravillara al contemplarlo. Esta afirmación se basa en una famosa figura retórica, que se le atribuye a Carl Sagan, según la cual nuestra especie es la forma que tiene el universo de conocerse a sí mismo. Gracias a la capacidad de cuestionar la realidad, los seres humanos encontramos solaz en la observación de los astros, de un fenómeno natural o de un organismo cualquiera y, a través de ella, conferimos sentido a la existencia.

Pero, si bien es cierto que tenemos una capacidad de raciocinio capaz de procesar la información que percibimos a través de los sentidos de una manera mucho más elaborada que cualquier otro animal, la fascinación que nos produce la naturaleza no es más que una entre muchas variaciones del sistema de valoración hedonista que compartimos con otras especies1. Como fuera planteado inicialmente por Charles Darwin en “El Origen del hombre y la selección en relación al sexo“,
“Muchas de las facultades que han sido de inestimable utilidad para el progreso del hombre, como la imaginación, el asombro, la curiosidad, un sentido indefinido de la belleza, la tendencia a la imitación y el amor por la emoción o la novedad, difícilmente podrían dejar de conducir a cambios caprichosos en las costumbres y modas… Pero no solo podemos comprender parcialmente cómo el hombre se vuelve caprichoso debido a diversas influencias contradictorias, sino que los animales inferiores son… igualmente caprichosos en sus afectos, aversiones y sentido de la belleza.”
A pesar de que no nos consta que otros animales perciban la belleza como nosotros lo hacemos, si esta se define como un atributo que resulta placentero o satisfactorio para la mente, la hipótesis darwiniana de la selección intersexual no solamente es razonable, sino que nos revela una de las más fascinantes facetas de la evolución orgánica. En efecto, gran parte de la extraordinaria diversidad de despliegues visuales, acústicos y químicos que emplean para atraer a sus parejas organismos pertenecientes a grupos tan diferentes como las distintas clases de artrópodos y de vertebrados solamente se explica en función de su atractivo estético:
“Cuando vemos a un pájaro macho exhibiendo elaboradamente sus elegantes plumas o sus espléndidos colores ante la hembra, mientras que otros pájaros, no tan decorados, no hacen tal exhibición, es imposible dudar de que ella admira la belleza de su compañero macho”.
Charles Darwin (1870).

Por otra parte, la prevalencia de la capacidad de procesamiento de estímulos placenteros en el reino animal evidencia un origen muy anterior al desarrollo de la selección intersexual descrita por Darwin. Muy probablemente su evolución fue favorecida por la selección natural ordinaria desde que hizo posible, para aquellos animales con la dotación sensorial y mecanismos neurales suficientes, la valoración de objetos tan importantes para ellos como fuentes de alimento o parejas potenciales2. La rápida diversificación de las plantas con flores a partir del momento en el cual algunos insectos empezaron a aprovechar las proteínas contenidas en los granos de polen como fuente de alimento, hace unos 150 millones de años, es un ejemplo notable de este logro evolutivo: así como para una especie de planta es ventajoso contar con un polinizador confiable, para este último tener una fuente de alimento predecible es igualmente favorable.
La existencia de procesos biológicos tan complejos y abigarrados como la selección intersexual y la coevolución de las plantas con flores y sus polinizadores, mediados ambos por la belleza no es solamente una de las más asombrosas manifestaciones de los sistemas vivientes: el que tantos grupos de organismos diferentes hayan coincidido en emplear su capacidad de apreciación estética en procesos tan trascendentales para ellos es, cuando menos, filosóficamente inquietante.
Desde este punto de vista, las reflexiones de Brian Cox y Carl Sagan citadas al comienzo de este texto tal vez adolecen de un antropocentrismo un tanto excesivo. Así como los humanos encontramos hermosos los plumajes que exhiben los machos de las cotingas y las aves del paraíso para cortejar a las hembras y nos atraen los diseños y aromas de las orquídeas tanto como a las abejas euglosinas que las polinizan, hay evidencias de que la música puede activar los sistemas neurales de recompensa en distintos animales y de que algunas aves son capaces de reconocer estilos pictóricos de diferentes artistas3. Para quienes encuentran necesario buscar un sentido para la existencia, la universalidad de la belleza como eje articulador de tantas interacciones entre los seres vivos puede ser entonces un verdadero consuelo. El día que nuestra especie finalmente desaparezca de la faz de la Tierra, la inexorable estética de la evolución continuará operando como lo ha hecho desde millones de años antes de que entráramos a escena.


Coda: Durante el proceso de elaboración de esta reflexión encontré una interesante monografía de Juan Ignacio Pérez Iglesias que trata este mismo tema en mucho mayor detalle y que contiene una bibliografía extensa. Recomiendo encarecidamente leer dicho texto.
- Nadal, M., & Cela-Conde, C. J. (2022). Bringing it all together. Neurological and neuroimaging evidence of the neural underpinnings of visual aesthetics. En A. Chatterjee & E. R. Cardillo (Eds.), Brain, beauty, & art: Essays bringing neuroaesthetics into focus (pp. 8–11). Oxford University Press. ↩︎
- Brown, S. (2022). Naturalizing aesthetics. En A. Chatterjee & E. R. Cardillo (Eds.), Brain, beauty, & art: Essays bringing neuroaesthetics into focus (pp. 18–21). Oxford University Press. ↩︎
- Watanabe, S., Sakamoto, J., & Wakita, M. (1995). Pigeons’ discrimination of paintings by Monet and Picasso. Journal of the experimental analysis of behavior, 63(2), 165-174. ↩︎
En efecto, el antropocentrismo es ya patológico. Y el narcisismo occidental no deja espacio para otras aproximaciones culturales a la belleza. Menos mal somos una plaga que en tiempos evolutivos pasará rápido.
Por lo menos somos una plaga sensible a la belleza…