“Tenía diez años y un gato/ peludo, funámbulo y necio/ que me esperaba en los alambres del patio / a la vuelta del colegio”
Joan Manuel Serrat
Todas las madrugadas, mientras trato de atrapar los últimos retazos de sueño, Clementina, nuestra gata mariposa, trepa hasta la almohada para reclamar su primera dosis de caricias a punta de cabezazos. Tan pronto como escucha mi voz, Gorrito, el gato malandrín que tomó posesión formal de la casa y de sus ocupantes hace poco más de un año, prorrumpe en maullidos lastimeros que indican su inminente deceso por inanición. Empieza un nuevo día en “La Pajarera” y sus majestades felinas deben ser atendidas antes de que nosotros podamos disfrutar la primera taza de café.

El resto del día, ambos personajes hacen turnos para exhibirse de tal forma que no haya un solo momento en el que su presencia no llene todos los espacios. Cada uno tiene escenarios precisos para sus respectivas performances. Mientras Clementina se apoltrona puntualmente frente a la pantalla del computador a las horas en las que lo estoy utilizando, Gorrito trepa al alféizar de la ventana en la cocina para supervisar las labores culinarias. Una y otro se aseguran además de separar en mi agenda cotidiana una visita personalizada con tiempo suficiente para llevar a cabo sus complejos rituales.
Mi ailurofilia impenitente data de una época anterior a mis más antiguos recuerdos. En el álbum familiar hay una fotografía en blanco y negro en la que aparezco, sentado en el corredor posterior de la casa, ocupado en jugar con un par de gaticos amarillos que, en la foto, me observan con atención. No tengo memoria de ese instante ni de las criaturas en cuestión, pero esta imagen es un testimonio gráfico de la afinidad que he tenido con estos animales desde siempre.
Cuando era niño, los gatos no eran animales muy consentidos y por lo general se les aceptaba apenas como controladores de plagas. Sin embargo, en nuestra casa siempre se les trató con cariño, aunque que no les estaba permitido entrar a las alcobas y debían pasar la noche en el patio o en algún rincón de la zona de oficios. Mi madre hablaba con ellos e inventaba toda clase de historias acerca de sus andanzas y esas fantasías indudablemente influyeron en mis amistades felinas posteriores.

En esos tiempos todos los gatos eran prácticamente ferales y circulaban a su antojo por el vecindario. Como aún no existían en el mercado los alimentos concentrados para las mascotas, su dieta consistía en un plato de leche por las mañanas, las presas que ellos mismos se procuraban, las sobras de la mesa y, en ocasiones, harina de pescado que comprábamos en un local cerca del matadero de la ciudad.
Las normas sanitarias para los felinos tampoco estaban entonces a la orden del día. Ninguno de los gatos que tuvimos en ese pasado remoto fue vacunado ni esterilizado y por lo tanto su permanencia con nosotros fue bastante efímera. En los diez años escasos que transcurrieron desde el día en el que nos fuimos de Manizales hasta la última mudanza de mis padres a su casa de Cartago, al menos cuatro gatos fueron parte de nuestra familia.
Esta rápida sucesión de mascotas no propició relaciones muy complejas pero al menos sirvió para desencadenar el sortilegio que me atraparía por el resto de vida. Cuando abandoné la casa paterna dejé atrás aquellos compañeros de infancia, pero siempre me las arreglé para mantener alguna relación felina. Nunca he podido sustraerme al atractivo de los gatos y dondequiera que voy los busco — y me dejo buscar por ellos — para tener el placer de contemplarlos.
Cada encuentro con un gato es también una oportunidad para disfrutar de una amena conversación: todos son políglotas y por eso he podido hacer amistad con toda clase de gatos en varios continentes y en todos los rincones de Colombia. Por otra parte, su empatía inigualable hace que aparezcan a tu lado justo en los momentos en los que su compañía es más apreciada pues entre sus muchas habilidades tienen aquella que les permite distinguir entre las personas que los aborrecen y quienes permanecemos cautivos de su encanto sibilino.
Mi apreciación de las cualidades singulares de los gatos no fue gratuita. Los dieciocho años de convivencia con Teodoro, el inolvidable tonkinés que llegó a nosotros para el undécimo cumpleaños de Santiago, fueron una verdadera escuela que nos enseñó cuan profunda puede ser la comunión entre ellos y nosotros. Gracias a Teo aprendimos a interpretar las sutiles señales de su expresión facial y corporal, a respetar sus estados de ánimo, a entender que nuestra familia solamente puede estar completa con la presencia sigilosa de un gato. Y ahora que reposa bajo un macizo de bromelias del jardín, tanto Gorrito como Clementina se ocupan cada día, con esmero, de recordarnos su importancia.

Teo fue mi primer gato, siempre permanecerá como quien me enseñó la sigilosa ternura de un bigote y la compañía taciturna. Hermoso escrito 🥰 Tancho.
😻
Amo los gatos hembras o machos, cada uno ha marcado en mi vida algo especial. Recuerdo a Avelina y Pirula en mi infancia. Ahora tenemos tres en el hogar aunque el año pasado se nos fue Ciro convertido hoy en una planta . Debo confesar que apenas estoy aprenda leer su comportamiento a pesar de haber convivido antes…
Hermano Como todo lo tuyo, tierno y científico a la vez, me enseñó tu comentario que son poliglotas, recuerdo mucho las conversaciones mias con “Misael” que yo llamaba mmisebelete porque le invente que el solo manejaba la vocal E y me salian unas charlas muy curiosas y el me seguía, recuerda que por un tiempo era yo la que estaba con los papás mientras tu estudiabas y las niñas en la U.
Nunca me interesó, saber en que año estaba he sido como muy superficial?, y he perdido muchas anécdotas que les escucho con respeto e interés. Tere piensa venir y de pronto iríamos a Santa Marta, no te parece que vallan ustedes también’? hoy mismo si quieren pueden ir, esta disponible
Un abrazo y gracias por mi primer encuentro con la ailurofilia
🤗
Nos llega al alma y compartimos muchas afirmaciones. No hemos olvidado a Teo y ahora nos interesan las historias del “Gorrito” pues entró pisando duro y haciendo su voluntad, hasta que se quedó. Ahora sabemos cual es el origen de esa aceptación. Bien por esos amigos especiales.
Gracias, Carmen H. Qué bueno saber que la memoria de Teo aún vive por fuera de esta casa.
Recuerdo un afiche felino gigante que había en Cartago, y creo que era tuyo. Un plano detalle de un rostro de un gato… no sé cuál especie, pero muy gato.
Siempre rodeándonos, manteniéndonos humildes con su superioridad milenaria.
Delicioso relato el tuyo, tan sabroso como un ronroneo en el regazo
Haces bien en asociar tu recuerdo de infancia del enorme affiche de la cara de un tigre que tenía yo en la casa de Cartago, con mi ailurofilia y la de buena parte de la familia. Aunque esa misma cara gigantesca de tigre aterrorizó a tu primo Poncho y creo que aún se le aparece en sus pesadillas.
Los gatos . Las últimas , dos persas , Nina y Mati. Unas brujitas amorosas, graciosas, inteligentes como ellas solas , con dos personalidades arrolladoras . Las extraño . La herencia : mis hijos , cada uno tiene dos gatos y son parte de las conversaciones familiares , de nuestras vidas .
Extraño la tibieza de Mati en mi almohada. Y el algo sabio en la mirada de Nina.