Hace 225 años Alexander von Humboldt desembarcó en la costa de Cumaná, en Venezuela, para iniciar uno de los viajes más memorables en la historia de las ciencias naturales. Gracias a él, la imagen de este naturalista prusiano se mantiene viva entre nosotros por muchas razones, pero entre ellas hay dos que son particularmente notables.

La primera, que llena de orgullo a quienes nacimos y vivimos en las Américas, es la validación de nuestro continente como la región de la desmesura. Hasta entonces, como consecuencia de las fantasiosas descripciones hechas por los cronistas de Indias en el siglo XVI, en Europa prevalecía la idea de que en el nuevo mundo todas las formas de vida eran más débiles y pequeñas que en el viejo mundo, visión que fue respaldada incluso por voces tan ilustres como la del conde de Buffon. Al presentar en su vasta producción intelectual la extraordinaria variedad de paisajes, climas, plantas, animales y gentes que encontró a lo largo de su periplo, Humboldt hizo que América fuera reconocida por el mundo “culto” de su época como una región excepcional en la cual la vida se manifiesta de una manera tan exuberante que no tiene parangón en ninguna otra parte.
A pesar de que en una especie de declaración de principios Humboldt advirtió, al comienzo de su narrativa personal, que en ella solamente haría una relación escueta de hechos y observaciones, fue incapaz de ocultar la emoción que lo embargaba a medida que describía cada una de las escenas que encontró a su paso. Por esa razón su “Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente” no solamente se convirtió en un best seller de la época, sino que además sirvió como modelo de los relatos de viaje de naturalistas tan famosos como Charles Darwin, Alfred Russel Wallace, Richard Spruce y William Bates. Su arrobamiento con la riqueza natural del nuevo mundo fue tan contagioso que aún perdura en pleno siglo XXI: difícilmente pasa un mes sin que los medios relacionen, incansables, los récords imbatibles de la biodiversidad de las Américas.
Pero la razón más importante por la que las ideas de Humboldt aún permean nuestra forma de pensar se debe a su invención de ese ente, a la vez etéreo y fundamental, al que llamamos naturaleza. Su insistencia en la referenciación cartográfica precisa de cada hallazgo, en conectar información sobre la geología y clima con los inventarios de flora y fauna y su intento por entender la manera como los habitantes de cada una de las regiones que visitó se relacionaban con su entorno, sentó las bases de una geografía que trascendió la simple relación descriptiva para alcanzar el carácter predictivo que nos habría de conducir después a la ecología del paisaje.

Sus grandes “cuadros de la naturaleza” y, sobre todo, su trabajo sobre la geografía de las plantas sentaron las bases, en el imaginario colectivo, de una naturaleza regular y predecible. La zonificación de los biomas terrestres en la cual cada franja es reconocible por una flora y una fauna distintivas cuya composición responde a las condiciones específicas de variables ambientales, determinadas a su vez por la latitud o la elevación sobre el nivel del mar, fue una poderosa idea que condujo a una legión de naturalistas, durante los siguientes dos siglos, tras la huella del naturalista prusiano.
Por otra parte, el reconocimiento de los ecosistemas y las grandes unidades de paisaje como espacios “naturales” cuya regularidad y predictibilidad son producto de factores distintos a la agencia humana ha guiado, desde los inicios del ambientalismo, su conservación a través de la creación y la gestión de áreas protegidas. Los portafolios de prioridades de conservación de todos los países no son otra cosa que la intención de incluir una muestra representativa de todas aquellas configuraciones espaciales que aprendimos a reconocer gracias a las herramientas de pensamiento heredadas de Humboldt.
Pero, curiosamente, este propósito nos ha impedido darnos cuenta de que estamos intentando preservar un mundo que ya no existe. Menos de la tercera parte de las ecorregiones terrestres está relativamente libre de modificación antrópica y la quinta parte está alterada extensivamente por la intervención humana. Cuando en lugar de cartografiar franjas latitudinales y de elevación moldeadas por la geología, el clima y la geografía se visualizan unidades espaciales a partir de variables demográficas y de uso de la tierra, el mapamundi resultante es bien distinto a la imagen idealizada de una naturaleza prístina.

A pesar de haber sido acusados de alarmistas por estar anunciando la inminencia del apocalipsis, los ambientalistas hemos sido tan ciegos como el resto al no darnos cuenta de que el Armagedón, tan temido, hace tiempo tuvo lugar. Las iniciativas mesiánicas de “salvar el planeta” pasan por alto el hecho de que ya no existen selvas vírgenes ni nieves perpetuas y que la última frontera que el comandante Jacques Yves Cousteau nos mostraba en sus documentales de los años setenta del siglo pasado se llenó de plástico.
El comportamiento errático del clima global y de las grandes masas oceánicas, los puntos de inflexión de los antiguos biomas y la homogenización de la biota en un mundo transformado nos están señalando que es el momento de reinventar la naturaleza si pretendemos tener la capacidad de gestionarla para el futuro. Estamos frente a un reto intelectual fascinante en el que debemos reconocer que buena parte de lo que habíamos aprendido al ponernos de pie sobre los hombros de los grandes naturalistas del pasado ya no coincide con el mundo que habitamos. Es preciso entender que nunca fue más necesario el oficio de contemplar con respeto este hogar que nos tocó en suerte y nos corresponde asumir nuevas tareas si aspiramos a disfrutar de los elementos fundamentales del bienestar que alguna vez conocimos.
Eso nos obliga a concentrar más esfuerzos en la restauración ecológica y la rehabilitación de ecosistemas degradados, a la gestión consciente de los ecosistemas creados por nuestra mano y, sobre todo, a descubrir el nuevo mundo de los ecosistemas emergentes a nuestro alrededor. Los ensamblajes insospechados de especies son cada vez más frecuentes y, al parecer, representan nuevos estados estables que obviamente han de tener estructuras que les son propias y una funcionalidad que tendremos que aprender a interpretar pues será ella quien determine las nuevas reglas de juego de nuestra supervivencia.
Tu visión del estado en que se encuentra nuestra “Casa Grande” siempre me muestra nuevos ángulos, nuevas perspectivas. Tal vez esa nueva mirada es lo que nos va a poder ayudar a ser más asertivos en el manejo de nuestro planeta. Gracias!
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