A lo largo y ancho de todo el continente americano, desde Canadá hasta la Tierra del Fuego, un trino familiar saluda el día casi en cualquier tipo de hábitat terrestre. Es el canto del cucarachero común (Troglodytes musculus)1, un pequeño pájaro de costumbres increíblemente flexibles, que desde las primeras luces del alba recorre incansable su territorio en busca de insectos, arañas o materiales para construir sus nidos en alguna cavidad que considere segura.

Las habitaciones humanas ofrecen múltiples sitios que satisfacen los poco exigentes criterios que tienen los cucaracheros a la hora de seleccionar su residencia. Los rincones entre las vigas y las teleras de los tejados de las casas son lugares favoritos lo mismo que cualquier tipo de artefacto que tenga una forma cóncava y esté en un lugar tranquilo, sombreado y seco. Tales sitios abundan en nuestras casas y ante tan generosa oferta es apenas entendible que estos pajaritos hayan terminado por asociarse estrechamente con los sitios poblados, desde habitaciones indígenas en lugares remotos, hasta los centros urbanos.
Al igual que ellos, un sinnúmero de seres vivos han desarrollado respuestas adaptativas a las modificaciones hechas por los seres humanos a su medio ambiente. Este fenómeno, conocido como sinantropía, abarca relaciones de muy diversos tipos y se distingue de aquellas que mantenemos con las plantas y con los animales domésticos en que nuestro control sobre los procesos que involucra es muy reducido: a pesar de todos los beneficios que derivan de esta convivencia, las plantas y animales sinantrópicos aún son capaces de sobrevivir en estado silvestre.
La probabilidad que tiene un organismo de convertirse en sinantrópico depende, obviamente, de su capacidad para resistir factores de estrés derivados de las actividades humanas. Algunas plantas pueden tolerar suelos pobres o sequías prolongadas y gracias a esa tolerancia consiguen habitar terrenos inhóspitos tales como vías pavimentadas y escombreras. Otras, como los cadillos (Acaena elongata) y el amorseco (Desmodium intortum) aprovechan el desplazamiento de animales domésticos para transportarse de un lado a otro y por esa razón suelen invadir espacios próximos a los abrevaderos y zonas de pastoreo.
Por otra parte, las actividades agrícolas proporcionan condiciones favorables para el desarrollo de distintos tipos de relaciones sinantrópicas. La reducción de la cobertura arbórea en potreros y áreas de cultivo reduce la competencia por la luz, la adición de nitrógeno, fósforo y potasio de los fertilizantes tanto químicos como orgánicos provee los nutrientes esenciales para muchas plantas distintas a las que el agricultor tiene como objeto de sus cuidados y el riego artificial soluciona el problema del déficit hídrico en espacios abiertos expuestos al sol. Es entonces apenas natural la aparición espontánea, en las zonas agrícolas, de muchas plantas a las que se conoce genéricamente como arvenses.

Muchos animales también se benefician de las condiciones generadas en los sistemas agropecuarios. Desde las garzas del ganado hasta las garrapatas que esperan en las hojas de pasto el paso de su próximo hospedero, algunos escarabajos estercoleros y varias especies de moscas se cuentan entre la fauna acompañante de los sistemas ganaderos, así como las famosas mariposas amarillas de Mauricio Babilonia, numerosos chapulines, los cucarrones marceños y distintas especies de chinches forman parte de la fauna que ha escogido los cultivos como hábitat preferencial.
Los hogares humanos ofrecen distintos tipos de servicios a un verdadero bestiario en miniatura. Una gran cantidad de artrópodos — cochinillas de la humedad, ciempiés, ácaros, arañas, moscas domésticas, cucarachas y pececitos de plata, entre otros — encuentran en ellos un amplio menú de recursos. La mayoría simplemente utilizan los recovecos oscuros como guaridas, otros aprovechan desechos como alimento, algunos explotan directamente lo que comemos y muchos más son cazadores de otros seres que también han entrado en estrecha relación de dependencia con nosotros. Además, y sin apenas darnos cuenta, ayudamos a su dispersión al tenerlos como polizones en vehículos, equipajes, envíos de correo y mudanzas.
Quizá el principal rasgo distintivo de la antropización ha sido el distanciamiento progresivo de las sociedades con respecto a una inmensa mayoría de poblaciones de otras especies. A lo largo del proceso civilizatorio hemos escogido un conjunto selecto de organismos como compañeros, fuentes de alimento o proveedores de distintos tipos de servicios — las plantas que cultivamos, los animales domésticos y las mascotas — pero el funcionamiento de nuestros entornos más inmediatos aún depende de la presencia de microorganismos, hongos, plantas y animales que consiguen sobrevivir en ellos o que los han colonizado desde ambientes silvestres circundantes. Después de todo, los ciclos de materia y energía que determinan la economía de la naturaleza requieren la participación de productores primarios, herbívoros, depredadores, parásitos y descomponedores. Lejos de ser una rareza la sinantropía es entonces un fenómeno bastante común cuya frecuencia incrementa a medida que la especie humana expande su dominio sobre el planeta.
Sin embargo, solemos ver a estos vecinos cercanos como molestos y con frecuencia tomamos medidas drásticas para erradicarlos. Además de considerar que muchas de las plantas silvestres que crecen espontáneamente en nuestros jardines y cultivos son malezas, una inmensa mayoría de insectos y arácnidos nos producen casi tanta repulsión o temor como los geckos, ratas, ratones y murciélagos que también son integrantes de las huestes sinantrópicas. Pero si bien es cierto que entre ellas hay seres que pueden ser eventualmente perjudiciales para nosotros, también lo es que la gran mayoría son inofensivos o incluso benéficos. Por su parte, las “malas hierbas” proveen hábitats apropiados para insectos que son depredadores o parásitos de especies plaga y existen formas de manejar nuestras huertas de tal forma que se prevenga o se reduzca la competencia entre las arvenses y las hortalizas.
Por otra parte, el orden y la limpieza reducen la proliferación de algunos animales que cohabitan nuestros hogares y es posible aprender a aceptar su presencia a partir del momento en el que aprendemos que muchos de ellos desempeñan un papel clave en la ecología doméstica al ayudar a controlar las poblaciones de especies que nos son perjudiciales. Así como nos tocó en suerte ser testigos del sexto evento de extinción masiva de especies, todavía podemos evitar ser cómplices de la desaparición de innumerables seres si aceptamos que forman parte de nuestra nómina de cercanía y tornamos en biofilia nuestra repulsión hacia todos ellos.

- El año pasado (2024), la Sociedad Ornitológica Americana declaró formalmente la separación taxonómica de dos especies del cucarachero común. Las poblaciones neotropicales — desde el sur de Veracruz, el norte de Oaxaca y la península de Yucatán hasta el extremo de Sudamérica — pertenecen a la especie Troglodytes musculus, mientras que aquellas del resto de México, Estados Unidos y Canadá corresponden a Troglodytes aedon, nombre con el que se conocía antes a estas aves en todo el continente. ↩︎
- Como es de esperar en un pájaro con una distribución geográfica tan amplia, el cucarachero tiene muchos nombres comunes diferentes. En México le dicen Saltapared, Soterrey en Costa Rica, Panamá y Ecuador, en Argentina lo llaman Ratona, Ratonera en Uruguay y Chercán en Chile, mientras que tanto en Perú como en Honduras tiene el mismo nombre que en Colombia. ↩︎
Gracias Luis Germán: Muy agradable reseña sobre la biofilia, desdeñada inconcientemente por feroces compulsiones antrópicas de aseo y limpieza. La parte del cucarachero (troglodytes musculus) me encanta, pues por encima de cualquier rigor científico-taxonómico yo lo sigo llamando con todo mi afecto Ruiseñor, desde mi infancia y que si no me equivoco es como llaman en Alemania al Nahthigal (?). No sé si es así como se escribe, pero mi ruiseñor es tanto más pequeño cuanto más sonoro que el europeo.. Bernardo
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