Por estos días llueve a cántaros y nos consolamos al repetir que “abril es de aguas mil” pues, a pesar del desorden climático actual, sabemos que esta época del año suele estar pasada por agua. De igual manera confiamos en que los cielos del mes de agosto estarán coloreados por miles de cometas elevadas por el viento que nos refrescará del calor agobiante del estío. Pero, aparte de tener presentes esas obviedades meteorológicas, los habitantes de la franja intertropical tendemos a ignorar el paso de las estaciones.
Por el contrario, los cambios regulares de las condiciones climáticas que se presentan cuatro veces al año constituyen motivo de celebración para quienes viven al norte del Trópico de Cáncer y al sur del de Capricornio. Además de cambiar sus vestuarios para aprovechar (o soportar) las variaciones en temperatura, humedad y radiación solar, su menú nutricional también se modifica y tanto el ritmo como el tipo de actividades al aire libre se alteran y son recibidos con alborozo pues rompen la rutina.
En reconocimiento de la trascendencia de estos ciclos naturales, los antiguos egipcios establecieron su calendario con base en las efemérides astronómicas denominadas solsticios y equinoccios, que no son otra cosa que las distintas posiciones de la Tierra con respecto al Sol durante su traslación anual a las que asociamos el comienzo de las estaciones. A medida que el hemisferio norte disminuye su distancia relativa al Sol (entre el 19 y el 21 de marzo) los días se alargan paulatinamente y el tiempo se hace más benigno en esas latitudes con la llegada de la primavera gracias a la intensificación gradual de la radiación solar, hasta cuando se inicia el verano boreal. A partir de esa fecha (20 o 21 de junio), el número de horas de luz y la temperatura del aire disminuyen poco a poco.

Al sur de la línea ecuatorial sucede todo lo contrario: el equinoccio de marzo marca el comienzo del otoño y los días se hacen cada vez más cortos hasta el solsticio de junio, a partir del cual empieza el invierno austral. Después, cuando en latitudes boreales celebran el equinoccio de otoño (entre el 22 y el 23 de septiembre) y empieza a disminuir la duración del día a medida que la distancia relativa del hemisferio norte con respecto al sol se hace mayor, en el sur llega la primavera y el incremento paulatino de las horas de luz anticipa el próximo advenimiento del verano, época que coincide con el invierno boreal.
El uso de un calendario solar, como el que tenían los egipcios, permite la sincronización de las actividades agrícolas al paso de las estaciones, de manera similar a como los relojes biológicos de innumerables seres vivos se ajustan a la regularidad de los eventos astronómicos que definen la alternancia estacional. Sin embargo, con el correr del tiempo y por razones en gran parte políticas y religiosas, diferentes culturas adoptaron otros tipos de calendarios que se rigen por fechas arbitrarias: el año nuevo gregoriano no tiene nada que ver con las posiciones relativas de los hemisferios terrestres con respecto al sol, como tampoco lo hacen el islámico ni el chino.
El abandono de los calendarios solares tal vez explique por qué las efemérides que marcan la vuelta al sol de tantos organismos pasen prácticamente inadvertidas. Aunque en ocasiones eventos fenológicos tan espectaculares como la fructificación masiva de las ceibas que tapizó los parques de Cali a mediados de marzo o la aparición repentina de una bandada de gavilanes migratorios en los cerros tutelares de la ciudad hace un par de semanas nos revelan la existencia de calendarios naturales, permanecemos insensibles ante la multitud de ritmos circanuales que evidencian a nuestro alrededor el ajuste evolutivo de la fisiología y el comportamiento de los seres vivos a los cambios periódicos y predecibles de las condiciones medioambientales.
Cuanto más al norte o al sur de la línea ecuatorial se encuentre una localidad, más acusadas serán las variaciones de las condiciones climáticas con la alternancia de las estaciones. Las plantas han desarrollado adaptaciones que les permiten sobrellevar las condiciones de poca luminosidad y el frío extremo propias del invierno. Su fisiología responde a los cambios en el fotoperíodo y así la aproximación de los solsticios y de los equinoccios les indica que deben prepararse para la estación que se aproxima. Es el momento de perder sus hojas, retener humedad en sus tejidos o reducir la actividad metabólica.

Como durante varios meses muchas plantas no pueden llevar a cabo la fotosíntesis, la oferta de alimento para quienes se alimentan de ellas llega a hacerse prácticamente nula. Para una gran cantidad de animales, la solución a ese desafío impuesto por la llegada del invierno está en la migración. Al igual que las plantas, su fisiología responde a los cambios graduales en la inclinación del sol y en el número de horas de radiación solar y su metabolismo se ajusta en consecuencia. Las aves que migran largas distancias incrementan la acumulación de grasa corporal, reducen el volumen de los órganos reproductivos una vez termina su época de anidación e incluso en algunas especies se modifican el tamaño del aparato digestivo y la masa muscular en preparación para el épico viaje hacia los cuarteles de invierno.
En las regiones equinocciales los cambios estacionales se limitan a la alternancia de épocas secas y épocas lluviosas. Como la duración del fotoperíodo es prácticamente constante a lo largo del año, los organismos utilizan otras claves ambientales para ajustar sus relojes biológicos y responder a los desafíos que plantea la variabilidad climática. Además de los cambios en la precipitación, distintas especies de árboles sincronizan su floración de acuerdo con la hora de la salida del sol y los animales migratorios que hacen su invernada en la franja intertropical responden a esa misma clave.
Mientras escribo, escucho el silbido de los últimos atrapamoscas copetones que estuvieron con nosotros desde el pasado mes de septiembre y que ahora regresan al norte. Hace ya más de una semana se fueron los picogordos degollados y las pirangas abejeras y, según el laboratorio ornitológico de Cornell, los cielos de las Américas están inundados de pájaros que se afanan por llegar a sus áreas de reproducción, como lo han hecho durante millones de años en cumplimiento de su rigurosa agenda cósmica.

Mil gracias, Luis Germán: muy interesante tu artículo. Otro día conversamos de la migración de las aves “greagarias”(que vuelan en bandadas).
Gracias, Humberto.
Por aquí entrando en el otoño austral de América, los hongos empiezan a mostrar sus setas de las formas y colores más variados. Hermoso artículo Luis Germán.
Gracias Luis Germán , es un placer leerte y sumergirse contigo en tu conocimiento y tu valiosas reflexiones