La pendiente del cerro se hace más escarpada y tengo que andar a cuatro patas para poder terminar el ascenso. Mientras la aspereza de la roca desuella las palmas de mis manos soporto con dificultad su temperatura que debe estar rondando los 50 grados centígrados. Al llegar a la cima el ligero soplo de la brisa apenas logra refrescarme pues son las tres de la tarde y allá abajo reverbera el aire de la sabana que atraviesa el Orinoco.

Entre tantos motivos de asombro que ofrecen las orillas de este portentoso río, la profusión y la magnitud de sus rocas son sin duda dos de los más notables. Además de promontorios como el que acabo de trepar – llamados inselbergs por los geólogos – cuyas dimensiones son suficientes para convertirlos en elementos dominantes de un paisaje que pareciera no tener límites, muchas curvas de su cauce están pobladas por verdaderos rebaños de bloques de granito que asemejan monstruos acuáticos bajo el sol inclemente de la tarde.
El viento, el desborde estacional de las aguas y los fuertes aguaceros del invierno erosionan poco a poco las rocas hasta tallar en ellas profundas oquedades y surcos caprichosos. Al fin y al cabo, estos agentes abrasivos han tenido tiempo suficiente para vencer su dureza. Todas ellas son parte del escudo guayanés y su proceso de desgaste y pulimento se inició hace por lo menos 180 millones de años cuando el viejo supercontinente de Gondwana se fragmentó para dar origen a Suramérica.

Al contemplar estas moles por primera vez se tiene la impresión de que ninguna de ellas es habitable. Además de la acción incesante de los agentes físicos que las erosionan, las fluctuaciones extremas de temperatura a las que están sujetas cada día hacen de ellas lugares verdaderamente inhóspitos. Pero una mirada más atenta revela un cuadro diferente.
En los grandes domos rocosos de la sabana, las grietas y las depresiones más profundas recogen poco a poco partículas de polvo y al estar menos expuestas a la radiación solar retienen la humedad durante períodos más prolongados. Esta combinación de factores favorece su colonización por distintas especies de plantas cuyos propágulos son transportados por el viento o por distintos animales que se detienen momentáneamente en las rocas en sus peregrinaciones diarias.
Algunas de ellas apenas sobreviven unos pocos meses y al morir contribuyen con su materia orgánica al enriquecimiento del precario suelo en formación. Otras consiguen desarrollarse lo suficiente como para alcanzar a reproducirse y eventualmente configuran comunidades vegetales más o menos complejas de las que incluso forman parte varias especies arbóreas. Entre las pioneras sobresalen distintas bromelias, algunas orquídeas especializadas en sustratos rocosos y otras plantas herbáceas muy resistentes a condiciones extremas como el déficit hídrico prolongado, las altas temperaturas y los incendios.

El establecimiento de algunas comunidades vegetales sobre los inselbergs representa oportunidades para algunos animales de ambientes vecinos y la creación de hábitats temporales para muchos otros. Las sinuosas líneas blancuzcas que conectan los parches de vegetación en las rocas con las coberturas de la sabana son túneles de celulosa construidos por las termitas que, a través de ellos, acceden a nuevas fuentes de alimento. Además de estos insectos y otros invertebrados que aprovechan estos lugares hay reptiles, aves y mamíferos que los visitan regularmente, como es el caso de algunos lagartos de hábitos generalistas, colibríes y murciélagos e incluso depredadores atraídos por la presencia de presas potenciales.
Pero todas estas comunidades son efímeras y tanto su composición como su estructura están en permanente cambio a medida que tienen lugar los eventos azarosos desencadenados por el clima y por la intervención de agentes externos como las actividades humanas. Sin embargo, incluso unas rocas tan ásperas como estas son el hogar permanente de unos cuantos seres capaces de adaptarse a condiciones ambientales tan extremas como las que encuentran en ellas.

La pátina oscura que cubre la superficie de muchos de estos monolitos no es un pigmento ni el resultado de su meteorización química. Es en realidad una película de cianobacterias y líquenes que soportan las intensas temperaturas y los largos meses de sequía. Es bien probable que tales organismos conquistaran este hábitat desde tiempos muy remotos y por lo tanto sean la memoria viva de las primeras comunidades biológicas que se asociaron con estas antiguas rocas.
Algunos de los grandes pedruscos próximos a los famosos raudales de Atures y Maipures tienen en su cima penachos de plantas de la familia Podostemaceae cuya existencia está regulada por los ciclos de inundación y sequía, pues las rocas les proporcionan solamente un sustrato al cual adherirse. A pesar de tostarse con el sol del verano, recuperan su turgencia y reverdecen cuando retornan las aguas y, gracias a las células silíceas de sus tejidos periféricos, pueden resistir los choques mecánicos de la corriente cuando están sumergidas durante las crecientes del río.
De las hendiduras entre los bloques de piedra emerge de pronto un pequeño lagarto, Plica rayi, que corre veloz detrás de una hormiga. De no ser por la coloración rojiza de su cabeza, pasaría desapercibido pues su cuerpo se camufla con la superficie sobre la cual se desplaza. A pesar de que habitualmente se encuentra asociado a los troncos de los árboles de los bosques de galería, aquí encuentra cavidades adecuadas para ocultarse de sus depredadores y los insectos que visitan las pocas plantas que crecen en las rocas son una fuente de alimento confiable.
Pero, entre todos los organismos que es posible encontrar en los inhóspitos peñascos de la planicie orinocense, los únicos que en realidad han conseguido hacerlos su hogar son los habitantes de las pequeñas pozas de agua lluvia contenidas en sus oquedades. Unos cuantos escarabajos de las familias Hydrophilidae y Dytiscidae llevan a cabo su ciclo de vida en estos reducidos ambientes cuya temperatura es apenas soportable y un pequeño sapo, Leptodactylus lithonaetes, no solamente aprovecha estas charcas para mantener la humedad de su piel, sino que además construye nidos de espuma en sus orillas sobre los cuales deposita sus huevos. Resulta difícil imaginar cómo un anfibio llegó a conquistar el más árido de los ambientes en una región dominada por el pulso estacional del agua.
Mientras inicio el descenso del cerro camino con cuidado para tratar de evitar una caída. A pesar de estar atento a cada paso, el vuelo repentino del pequeño guardacaminos negruzco (Nyctipolus nigrescens) me toma por sorpresa y, con asombro, descubro sobre la roca un huevo perfectamente camuflado. Este último encuentro me demuestra que, incluso en sitios tan desolados, la vida se empeña tercamente en llenar todos los espacios.


Un verdadero poema a la vida. Gracias.
Además de tanta información tan valiosa para los que no tenemos esa profesión. Notable !!!
Yo quiero ir, mientras tanto disfruto la mirada del paisaje con los ojos del biólogo, gracias por contarnos lo que ves