Los arreboles que predominaron en el cielo de este diciembre trajeron a mi memoria un recuerdo de infancia. En las raras ocasiones en las que la tía Mercha pasaba con nosotros unos días de vacaciones en la finca de mis padres en Cartago, por las tardes organizaba breves paseos a las colinas de los alrededores de la casa después de que el calor opresivo del mediodía empezaba a ceder y antes de que las nubes de zancudos dieran comienzo a su función vespertina. Íbamos provistos de cuadernos de dibujo y lápices de colores, pues había un propósito en esos recorridos: mis hermanas y yo deberíamos dibujar el paisaje que veíamos mientras la tía, con su inagotable vocación pedagógica, señalaba cómo cambiaban los colores del crepúsculo veraniego al que ella llamaba “el sol de los venados”.

Este tipo de experiencias fue determinante del desarrollo de mi sentido de pertenencia a los paisajes rurales del norte del Valle del Cauca y de las montañas del viejo Caldas. Para mi fortuna, en nuestra familia la contemplación del paisaje fue siempre un valor esencial, lo que explica con seguridad el origen de mi fascinación con la naturaleza a pesar de haber sido construida desde la interacción con los agroecosistemas ganaderos y cafeteros que eran la expresión material de una cultura responsable – y orgullosa – de su transformación durante los últimos dos siglos.
Es curioso que haya sido precisamente en estos ambientes modificados en donde aprendí a valorar lo silvestre. En aquel entonces, hace más de cincuenta años, la presencia de animales y plantas “de monte” dentro de los sistemas de producción agropecuaria era escasa, muchas veces indeseable o, en el mejor de los casos, considerada como una curiosidad irrelevante. Después de todo, los agroecosistemas habían sido organizados alrededor de un puñado de especies, en su mayoría introducidas, cuyo desarrollo idóneo no contemplaba ningún tipo de interacción con los organismos autóctonos.
El exotismo que llenaba las páginas de los libros de viajes y aventuras que fueron mis primeras lecturas debió influir en mi interés por esos seres que, sin ser parte de la ganadería o del cultivo del café, se las apañaban para permanecer en aquellos paisajes heredados. Aunque sumaban apenas una fracción de la biodiversidad que habitaba esos parajes cuando fueron visitados a lo largo del siglo XIX por los viajeros ilustrados cuyos textos despertaron mi curiosidad temprana de naturalista, cada uno de ellos bastaba para alimentar una sed que aún no se apaga después de una vida entera de vagar en busca de la naturaleza perdida.
Descubrí que las iguazas que silbaban por las noches al volar sobre la casa de “Limones” eran los patos silvestres que aparecían en esos viejos textos y cuando supe que las zarcetas aliazules venían de los pantanos del medio oeste norteamericano comprendí que las ciénagas en las orillas del Cauca eran mucho más que unos potreros inundados. Para tener una lectura más acorde con las escalas geográficas y temporales fue entonces necesario explorar otras geografías. Pero esa itinerancia solamente consiguió confirmar lo que era evidente con la sola contemplación de los paisajes que me fueron heredados. Lo “salvaje” no era más que una ilusión literaria y en cada espacio recorrido la huella de la presencia humana era claramente visible. Mucho antes de enterarme de la idea del Antropoceno, aprendí, en aquellas fugas detrás de la vida silvestre, que desde épocas inmemoriales cada paisaje ha sido la construcción deliberada o accidental de los seres humanos en su afán por controlarlo todo.

Supe entonces que la ecología del paisaje no es otra cosa que el intento desmesurado de desvelar un palimpsesto. Los paisajes que me conmueven hoy son apenas una instantánea de una larga película en la que se superponen sucesivas modificaciones y eso hace aún más fascinante contemplarlos. Es tan pobre nuestra capacidad de interpretar lo que sucede en el reducido marco espaciotemporal que presenciamos, que la sola idea de reconstruir la historia de cada panorama produce vértigo. Nuestro afán por conservar los espacios “naturales” es solo un destello de entusiasmo ante la evidente fragilidad de procesos cuyo funcionamiento creemos entender y que, por lo tanto, hacemos nuestros.
Pienso en todas estas cosas después de una visita fugaz al paisaje cafetero en busca de las raíces familiares y cada vista de estas montañas portentosas es la renovación del sentimiento telúrico que, en últimas, es lo que mejor define la razón de ser de todas mis búsquedas. Cada rincón de lo que observo evidencia el obstinado trabajo de una sociedad a la que, a pesar de mi exilio voluntario, todavía pertenezco. Y, sin embargo, en ese entorno construido a imagen y semejanza de sus ocupantes, encuentro todavía muchos de los pájaros que cautivaron mi interés hace tantos años. Regresar a este rincón de la cordillera Central de los Andes colombianos, es mucho más que encontrar a los parientes.
Son las 17:15 y desde la ventana contemplo cómo el sol despliega un maravilloso juego de luces y sombras mediado por los árboles del jardín. Las guacharacas acaban de iniciar su algarabía vespertina y, felizmente, no suena todavía el estruendo de la pólvora de la que, al parecer, esta sociedad no tiene intenciones de prescindir. No quería cerrar el calendario sin escarbar en mi libreta las últimas reflexiones que me regaló un año tan intenso como pocos. Y descubro, como siempre que hago estos balances, que estoy de vuelta al comienzo de una historia que todavía me plantea las mismas preguntas.

Excelente, como siempre, igual recuerdo los paisajes del Tolima y Bogota en mi infancia. Esa extraña y hermosa palabra “palimplesto” describe correctamente nuestra dificultad para comprender los paisajes. Pronto nos veremos.
Confío en que pronto recorreremos juntos la ruta de Humboldt por el Orinoco.