En el principio fue el silencio. Los grandes cataclismos que marcaron la historia temprana de la Tierra ocurrieron como una fantástica secuencia de cine mudo en alta resolución. El frecuente bombardeo por asteroides al que fue sometido el planeta durante los 500 millones de años que duró el eón hádico se produjo tan calladamente como la condensación de las rocas vaporizadas y como las constantes erupciones volcánicas que liberaron los gases a partir de los cuales se formó la atmósfera. Si entendemos el sonido como la sensación percibida en el oído cuando el aire u otro medio está en movimiento, al no haber en aquel tiempo ningún ser vivo y por lo tanto ningún órgano capaz de escuchar, es preciso asumir que estos fenómenos sucedieron en total quietud.

La formación de los primeros océanos fue entonces igualmente silenciosa como también lo fueron las tormentas desencadenadas por la circulación de las masas de aire que contribuyeron al enfriamiento de la superficie de la todavía joven corteza terrestre. Luego, cuando la vida hizo su aparición en aquellas aguas primordiales, el movimiento de las ondas en el agua tal vez causó algún impacto sobre los primeros seres unicelulares, sin que por ello pueda afirmarse que lo hayan percibido. De igual manera, ninguno de los numerosos grupos de invertebrados que surgieron durante el período Cámbrico era capaz de diferenciar las sensaciones táctiles, de presión o de dolor producidas por el desplazamiento de ondas a través del agua, aunque muchos de ellos desarrollaron sistemas receptores de movimientos sutiles de su entorno acuático inmediato que, para algunos autores1, constituyen los primeros esbozos de percepción auditiva.
Habrían de transcurrir al menos 3500 millones de años más antes de que algún organismo desarrollara un órgano particularmente adaptado para percibir la vibración de las ondas acústicas y convertirla en un impulso nervioso que provocara una respuesta conductual específica. Fue solamente en el período Silúrico, hace alrededor de 450 millones de años, cuando los primeros artrópodos iniciaron la colonización de ambientes terrestres, que la percepción acústica propiamente dicha hizo su aparición en el planeta. Muy seguramente aquellos animales apenas podían escuchar las vibraciones del sustrato sobre el cual se desplazaban – como todavía lo hacen muchos arácnidos –, por lo que el rugido de las olas del mar y el aullido del viento de la costa continuaron ocultos para los pioneros de la fauna terrestre.

Como suele ocurrir cuando surge una innovación exitosa, el “descubrimiento” de la audición por los artrópodos en ambientes terrestres y luego por los animales vertebrados tanto en tierra como en el agua, dio lugar a una diversificación asombrosa en un lapso relativamente corto en términos geológicos. Hacia el comienzo del período Carbonífero, hace unos 260 millones de años, el oído ya formaba parte del equipamiento sensorial de muchos grupos animales que estaban en capacidad de detectar con él presas, enemigos o parejas potenciales, lo mismo que los componentes de las geofonías – los truenos, el repiquetear de la lluvia, el susurro del viento en el follaje – hasta entonces imperceptibles. Sin duda esto representó enormes ventajas adaptativas en cuanto a la aprehensión del entorno vital, pero además abrió el camino para el desarrollo de la comunicación acústica que a su vez se convirtió en un nuevo factor de selección intraespecífica.
Desde entonces cada ambiente particular adquirió un sello identitario tan característico como la misma fisonomía. Los paisajes sonoros son efectivamente singulares dado que cada uno de ellos consiste en una mezcla única de sonidos no biológicos y de aquellos producidos por los seres vivos. Diferencias topográficas, de elevación o de coberturas vegetales determinan cambios más o menos marcados de los elementos acústicos, como también lo hace la variación en la composición de la fauna a través de la geografía. Por esta misma razón, los paisajes sonoros no son estáticos pues, a medida que transcurre el tiempo, los componentes físicos de los ecosistemas continúan su inexorable proceso de transformación y las especies vivientes se reemplazan unas a otras a medida que se desplazan, evolucionan o se extinguen.
Es de presumir que los cambios paulatinos de los paisajes sonoros hayan seguido el ritmo impuesto por los procesos puramente geomorfológicos y ecológicos hasta el momento en el que la especie humana dio comienzo a las transformaciones a gran escala de su medio ambiente físico. En un comienzo y al igual que cualquier otra especie animal, los humanos sumamos nuestras voces y el ruido de nuestras actividades al concierto natural. Luego, el crepitar del fuego empleado en las grandes cacerías, los cambios de las coberturas vegetales causados por el advenimiento de la agricultura, la construcción de caminos, los asentamientos urbanos o las modificaciones hidráulicas dejaron improntas acústicas en el ambiente cuyo impacto se produjo a una velocidad nunca antes vista.
Aun así, las distintas regiones del planeta mantuvieron identidades sonoras equiparables a las que habían tenido en épocas precedentes, en las que la base acústica propia de los elementos del clima, la geografía y la interacción entre los fenómenos de la Tierra se combinaba armónicamente con los sonidos de los animales incluida la especie humana. El rumor de cada multitud, acompañado por los sonidos producidos por el funcionamiento de sus herramientas, instrumentos y otros artilugios fue tan singular como el de cualquier otra comunidad biológica: era tan característico el sonido de un puerto marítimo como el de una zona de pastoreo, un aserrío o un pueblo en las montañas y la eufonía de cada uno de estos espacios evocaba en sus habitantes emociones telúricas responsables en gran medida por su sentido de pertenencia.

Hasta que la aceleración de los sistemas de producción nos condujo a la encrucijada medioambiental contemporánea. De la noche a la mañana, por así decirlo, a los paisajes sonoros de siempre se sumaron la respiración acezante de las máquinas de vapor, el martilleo de los pistones y el chirrido de los engranajes de las máquinas industriales. Poco después, los motores de combustión interna hicieron su entrada en escena y desde entonces es cada vez más raro el lugar y menos frecuente el momento en el que la cacofonía de los artefactos concebidos por nuestra especie no nos agobie. De las múltiples formas tanto intencionales como accidentales mediante las cuales los seres humanos hemos conseguido ocupar hasta el último rincón del planeta, la expansión del ruido es tal vez una de las más perniciosas en cuanto la aceptamos como elemento integral de nuestro comportamiento.
Además de los impactos negativos de la contaminación acústica sobre la salud humana en espacios urbanos, ampliamente documentada, cada vez es más evidente la alteración del comportamiento y de los ciclos de vida de muchos animales – incluso en áreas silvestres – a consecuencia del ruido ocasionado por los humanos. Pero somos seres bulliciosos y, mientras el estruendo de nuestra parafernalia invade todos los espacios, nos hacemos tan sordos a la acústica del mundo como lo fueron nuestros más lejanos antepasados en la noche de los tiempos.

Coletilla: La preocupación por los impactos negativos de la contaminación acústica parece evidente, a juzgar por la abundancia de referencias al respecto en los medios. Mientras escribía esta nota, encontré algunos textos que complementan las ideas que he querido compartir y que pueden leerse en los siguientes enlaces:
- https://ideastextuales.com/2025/06/27/la-extincion-del-silencio/
- https://www.dailygood.org/story/850/the-extinction-of-quiet-ilima-loomis/?lang=es
- https://revistadiners.com.co/estilo-de-vida/salud-y-fitness/141323_silencio/
- https://www.themarginalian.org/2019/10/14/gordon-hempton-silence/
- Budelmann, B. U. (1992). Hearing in nonarthropod invertebrates. In The evolutionary biology of hearing (pp. 141-155). New York, NY: Springer New York. ↩︎
Los primeros párrafos me dejaron una pregunta ¿el sólido de todo lo que describes allí solo puede aceptarse si hay un ser viviente que lo registre?, ¿no puede simplemente existir sin nosotros u otros seres vivientes?
Pasan tantas cosas sin que las percibamos que no pareciera “justo” negarlas o ¿no?
Querida Elcy, una de las razones que me llevó a escribir ese texto fue precisamente el haberme encontrado una vieja referencia a un juego filosófico en el que se pregunta si haría algún sonido un árbol que cayera en una isla en donde no hubiera ningún ser humano y que me produjo exactamente la misma inquietud que la frase de Brian Cox con la que empecé aquel otro texto sobre la estética y el sentido del universo. En un sentido puramente físico, el sonido existe aún en ausencia de órganos capaces de oírlo. Pero me parece mucho más cautivadora la idea de la interacción de un sujeto con esa vibración de ondas a través de un medio…
Luis Germán
Totalmente de acuerdo con esas reflexiones tan inquietantes y que por no lograr su total comprensión me dejan sin palabras. Muchas gracias por lo que de allí se desprende, pensé como era de grato el tiempo en el que no teniamos que escuchar guadañas casi todos los días, sierras eléctricas troceando los arboles que se caen o mueren simplemente y ahora un aparto absurdo que lo llaman sopladora de hojas, que parece que en algunos ejerce una fascinación enfermiza. Fue algo que me llegó de pronto. Imposible no agradecerte los enlaces, pero muy especialmente el the Marginalian, es de una incalculable belleza y todo lo que de alli se deriva es como una caja de tesoros. Gracias nuevamente.
Qué bueno que te haya gustado este texto, Carmen H. Sobra decir que compartimos el antagonismo con guadañas, motosierras y los horrendos sopladores de hojas.